El Hermitage en el Museo del Prado

20 02 2012

ImagenEn el siglo XVIII los reyes europeos llamaban “ermitage” a los salones donde recibían a sus visitas privadas. La gran zarina Catalina la Grande decoró los suyos con más de doscientos cuadros comprados a un marchante alemán. Comenzaba así la historia de uno de los museos más grandes del mundo, el Hermitage de San Petersburgo. El valor de los tres millones de obras que custodia y una historia convulsa ligada a la de la propia Rusia han contribuido a su leyenda. Parte de sus tesoros podrán verse a partir de la próxima semana en el museo del Prado de Madrid dentro de las actividades del año dual España-Rusia. Desde el oro de los escitas, a las joyas de los zares pasando por los grandes nombres de la pintura y la escultura.

Fruto de l hermanamiento entre estos dos grandes museos históricos internacionales, surge esta exposición, unido al año dual España – Rusia de 2011. Materializándose gracias a la colaboración de AC/E y el patrocinio de la Fundación BBVA.

Tras el éxito de la presentación de la exposición de las obras maestras del Prado en San Petersburgo, llega ahora a Madrid una extensa y variada colección procedente del Hermitage, que recorre toda la amplitud cronológica de ese gran museo, destacando excepcionales piezas.

La pintura moderna en el Hermitage procede, en su mayoría, de las colecciones privadas de dos industriales del textil, Morozov y Shchukin, responsables de difundir en Moscú el gusto por genios como Van Gogh, Renoir, Cézanne, Sisley, Gauguin, Matisse y un joven talento, Picasso. Éstas obras maestras serán las que pasaremos a ver a continuación.

El Museo Hermitage de San Petersburgo custodia más de tres millones de objetos de muy distinta índole en un enorme complejo arquitectónico cuyo núcleo principal está constituido por el Palacio de Invierno, residencia habitual de los emperadores de Rusia desde tiempos de la emperatriz Isabel (1709 – 1762), quien encargó su construcción al arquitecto Bartolomeo Rastrelli. Desde este punto de vista, tal vez lo más sorprendente de la exposición que el Museo del Prado alberga sobre el Hermitage es la cuidada selección que sus organizadores proponen al visitante y que recorre casi todas las colecciones más relevantes del museo ruso.

Por iniciativa de Catalina II la Grande (1729 – 1796), se construyeron dos nuevas alas del Palacio de Invierno, que ella pretendía que pasaran por ser una suerte de eremitorio (de ahí su nombre), donde se retiraba para descansar de los afanes del mundo, y desde luego, porque en realidad lo usaba como lugar idóneo para dar rienda suelta a sus devaneos amorosos. Allí fue atesorando no sólo amantes, sino también algunas de las colecciones que sus agentes fueron comprando desde 1764, cuando dos años antes de subir al trono la emperatriz se hico con la del exitoso comerciante Johann Ernest Gotzkowski. A ellas se sumaron después la de Pierre Crozat, amigo intimo del pintor Watteau; Robert Walpole, que había sido primer ministro inglés en tiempos de Jorge I, y la emperatriz Josefina, entre otras.

A la muerte de Catalin, el Hermitage contaba con más de 2700 pinturas y otros muchos objetos de gran valor, de manera que con este elenco creciente se fue convirtiendo en uno de los museos de arte más grandes y más importantes del mundo, tanto por la cantidad de manufacturas como, por su calidad.

La exposición aparece dividida en capítulos, que pretenden aproximarnos y acercarnos tanto la creación, como el desarrollo y concertación de la colección que hoy alberga, por ello el capítulo I estará dedicado a Los Zares, como fundadores del Hermitage, por ello se desarrollan una serie de pinturas que representan los retratos de los más distinguidos y que más hicieron por el desarrollo del arte y el coleccionismo en Rusia, como el retrato del Zar Pedro I el Grande, por Belli; el Capítulo II, relacionado con San Petersburgo y el Hermitage, siendo representaciones de la ciudad y del complejo palaciego, destacable por esa arquitectura pintada; el Capítulo III, alude a “El Oro de los nómadas de Eurasia” , donde destacará la pieza “Peine con escena de batalla” de fin del s. V – ppios. S. IV a.C., realizado en oro. También denominado como Peine de Soloja. Destaca su carácter ornamental en el que se desarrolla una escena bélica, de tres guerreros sobre un friso con la representación de cinco leones; interpretada como la lucha entro los hijos del rey escita Ariapeites según es narrado por Herodoto.

El capítulo IV de la organización expositiva, trata sobre “El oro de los griegos”. Posteriormente, el capitulo V aborda una organización más amplia, bajo el título “Pintura, Escultura y Dibujos”, donde podremos destacar varias piezas como por ejemplo “Descanso en la huida a Egipto con Santa Justina” del más primoroso de los pintores del Cinquecento italiano, Lorenzo Lotto. Obra de 1529 – 30, en óleo sobre lienzo. Pintor errante, vagando de un lugar a otro experimentando las sensaciones de los colores en los diferentes puntos de Italia, recaló en varias ocasiones en Venecia, donde había nacido, y donde parece que debió de pintar ésta obra de pintura devocional. Aplica en esta pintura soluciones muy originales y propias, sin ceñirse a la denominada maniera moderna, destacando por esos colores encendidos que sólo podrían darse en Venecia.

Así mismo veremos la obra de artistas españoles expuestos en las paredes del museo madrileño, pero pertenecientes al Hermitage. Destacarán varias, siendo una de ellas “San Pedro y San Pablo” de El Greco. Realizada entorno a 1587 – 1592, en óleo sobre lienzo. Destacando por ser el mas temprano ejemplo en el que El Greco representa a ambos santos juntos en el mismo lienzo. Ambos se disponen en un fondo casi neutro, en el cual se incorpora una franja vertical que organiza la composición pictórica y separa levemente a ambos personajes. La representación de San Pablo se establece con un libro abierto, es posible, que fuera sus Epístolas, mientras que San Pedro, sostiene las llaves del cielo, en una actitud como de debate ante San Pablo. Respecto a la iconografía de San Pablo, no lleva sus señas habituales, como la espada del martirio, que en otras versiones posteriores de El Greco si aparecerán. El tipo físico elegido por el pintor para representar a Pablo aparece en otras obras importantes del mismo periodo del artista como El Entierro del Conde de Orgaz, y en ocasiones se ha pensado que podría tratarse de un autorretrato del pintor.

Otro de los pintores españoles que destacarán serán Velázquez y Picasso, el primero con “El Almuerzo”, de hacia 1617 en óleo sobre lienzo. Obra poco conocida del autor en España, pero reconocible por el estilo del autor. Realizada en su época de juventud en su Sevilla natal, antes de trasladarse a la Corte. Destaca la pintura por sus recursos naturalistas, llevando a cabo una minuciosa descripción de lo real.  A ello se une el uso de algunos modelos, que protagonizan la pintura: el anciano, y sobre todo el niño. Por ello la obra ha sido vista con cierto carácter moralizante, y en otras se ha entendido como una representación de las tres edades del hombre.

Como hemos visto hasta ahora, el Museo Hermitage no se ciñe a un estilo, a una procedencia o bien a una época en concreta; sino que pretende abarcar lo máximo posible reconociéndose la evolución del arte.

Por ello, dentro de esas obras procedentes de San Petersburgo, destacan otras como puede ser “El tañedor de laúd” de Caravaggio, de 1595 – 96 en óleo sobre lienzo. Siendo ésta pintura una de los máximos ejemplos de esa emocionante y polémica atención a lo real que el pintor puso en marcha en sus obras y que, en este caso, no sólo se observa en el muchacho, sino también en el laúd, en las frutas propias del final de la primavera o comienzo del verano o en las gotas de rocío que hay sobre ellas, o bien en la partitura. La interpretación de ésta pieza podría relacionarse con una vanitas o una representación del homo eroticus o de los cinco sentidos, aunque es mas probable que se trate de un símbolo del amor y la armonía.

Así mismo, otro de los pintores destacados de la colección rusa será Rembrandt, con la pieza “Retrato de un estudioso”, de hacia 1631 en óleo sobre lienzo. Donde el pintor muestra una nueva vía, apenas explorada con anterioridad: los retratos, cuyos rasgos han sido representados con una morosa minuciosidad, interpelan al espectador fijando su mirada en él, una cuestión que a tenor de las fuentes escritas contemporáneas, era entonces extraordinariamente valorada por los aficionados a la pintura.

No sólo obra pictórica alberga el museo ruso, puesto que entre las piezas traídas a Madrid destaca un boceto para el éxtasis de Santa Teresa de Gian Lorenzo Bernini, de hacia 1647 – 51, realizado en terracota. Realizado para la obra final albergada en Santa María della Vittoria en Roma, la Capilla Cornaro es la máxima manifestación de la idea que Bernini tenía del bel composto, o de la perfecta integración formal y semántica de las distintas artes en la consecución de una obra de arte total. El conjunto debía de estar presidido por la representación de la trasverberación de santa Teresa, que es objeto también en el boceto y que es una milagrosa transcripción escultórica del relato de la santa.

El Capítulo VI, siguiente en nuestra visita, nos hace ver cómo era la vida en el Palacio del Hermitage en San Petersburgo, ya que desarrolla “El Hermitage: escenario de la Corte”. Donde veremos vestidos ceremoniales de Corte, así mismo se sumarán a ellos uniformes militares.

La Pintura y escultura del Siglo XVIII” estará reseñada en el Capítulo VII, puesto que podremos ver obras de autores como Watteau, en su “Estudio para cabeza de mujer” de 1710 – 19; Mengs y su pintura “Perseo y Andrómeda”, y el pintor de bodegones más importante, Jean – Simeon Chardin, con su pieza “Bodegón con los atributos de las artes y las recompensas que se les conceden”, de hacia 1766, en óleo sobre lienzo.

Además de pintura del Siglo XVIII, este capítulo se verá aumentado por piezas de origen escultórico de los maestros Antonio Canova y su “Magdalena Penitente” y Bertel Thorvaldsen con el busto de “Alejandro I de Rusia”.

Tras deleitarnos con el arte del siglo XVIII, la exposición cambia de registro en el siguiente capítulo, el Capítulo VIII, y nos habla sobre las Artes Decorativas en Oriente y en Occidente.

Volviendo a las grandes arte, el Capitulo IX, versará sobre La Colección de Arte de los Siglos XIX y XX, donde veremos la evolución de la pintura gracias a la colección que el museo dispone. Partiendo de un retrato del pintor Jean – Auguste Dominique Ingres, sobre “El Conde Nicolai Dimitrievich Guriev” de 1821 en óleo sobre lienzo.  Pieza que manifiesta la influencia que sobre Ingres tuvieron algunos pintores italianos del siglo XVI, y en particular, los representantes del que en tiempos se llamó “primer manifiesto toscano”, en concreto Pontormo y Rosso Fiorentino; así como Bronzino, y su factura acerada y minuciosa.

Referente a la obra de Pablo Picasso, el museo Hermitage dispone en su colección de la pieza, “La bebedora de absenta” de hacia 1901, en óleo sobre lienzo. Refleja una de las obras más relevantes de Picasso, realizada en su segundo viaje a París; donde se pueden apreciar elementos que evocan las obras realizadas anteriormente en Barcelona y ambientadas en el entorno de Els Quatre Gats, aunque el rigor compositivo y cromático se adecua mejor al Periodo Azul del autor. Tema representado anteriormente por pintores de la época, de la talla de Manet o Degas, pero Picasso en este caso subraya la solead alcohólica de la mujer mediante el entorno que la rodea, ya que no ¡desarrolla como otros un ambiente ahumado y rumoroso. La representación de la mujer se desarrolla de una manera hierática, que se contrapone a la tormenta interior que puede atisbarse observando a la mujer.

Para subrayar esa evolución del arte del siglo XX y las diferentes facciones artísticas, veremos varios ejemplos como será otra pieza de Pablo Picasso, relacionada con el cubismo: “Mesita en un café” (1912), Henri Matisse y su obra “Conversación” (1909 – 12), una de las piezas mas enigmáticas del artista, dadas las posiciones hieráticas de ambos personajes y la ausencia de expresión entre los dos; Kees Van Dongen con “Mujer con sombrero negro”, donde destacar  la elegancia del conjunto, la fuerza expresiva del rostro, la complejidad de la estructura cromática: al color negro se le contrapone un fondo muy claro que se va oscureciendo en la parte superior con tonalidades azules y lilas; la mezcla del verde y el negro que dan elegancia a la obra, así como la fuerza expresiva que le dan al rostro los tonos vivos mezclados con reflejos cromáticos claros. Pasando por Giorgio Morandi, y su pieza “Bodegón Metafísico”; así como Wassily Kandinsky y su “Composición VI”, y para concluir con Kazimir Malevich, con “Cuadro Negro”.

Información General de la Exposición

          Fechas.- Del 8 de noviembre 2011 al 25 de marzo 2012

          Horario

A partir del 16 de enero y hasta la fecha de clausura

Lunes a sábado de 10 a 20h (último acceso a las 19h), domingos y festivos de 10 a 19h (último acceso a las 18h)

Para visitar esta exposición es imprescindible disponer de pase horario de acceso, que deberá solicitarse al adquirir la entrada, por lo que el Museo recomienda la compra anticipada de la entrada para poder elegir pase horario conforme a la conveniencia de cada visitante.

          Precios

Entrada única a Museo

General : 12 €

General + Guía (libro guía de la Colección): 19.50 €





El bodegón español en el Prado

15 04 2011

La exposición El bodegón español en el Prado constituye un acontecimiento cultural de destacado interés, considerando la extraordinaria calidad de las obras que se han reunido, la importancia de los maestros que las realizaron y la amplitud cronológica que abarca, desde comienzos del siglo XVII hasta mediados del XIX. A través de las creaciones de Van der Hamen, Zurbarán, Pereda, Arellano, Meléndez, Paret, Goya y Lucas, entre otros muchos autores, la muestra recorre la evolución de uno de los géneros pictóricos más sugestivos, el del bodegón, al que se suma el de los asuntos en los que predominan las flores, desde la fase inicial del Barroco hasta el Romanticismo.

Tan singular proyecto, compuesto exclusivamente por cuadros del Museo del Prado, ofrece a los visitantes la oportunidad de observar y valorar la rica evolución de la escuela española consagrada a la naturaleza muerta y admirar el genio de sus creadores, puesto que fueron muchos los pintores de primer orden que se dedicaron con sus pinceles a reflejar aspectos del mundo en derredor, con una maestría que hoy permite apreciar numerosos pormenores de la vida cotidiana de diferentes épocas.

La pintura de bodegones contribuye a establecer una de las múltiples facetas de la imagen histórica que se tiene de España, merced al punto de vista que ofrecen sus temas del día a día, en este caso los alimentos, los objetos de cocina y los utensilios caseros habituales, así como ciertas formas de las relaciones sociales, la gastronomía, las cocinas e incluso el ámbito de la decoración; además goza de una especial significación en razón de la carga simbólica que gran parte de sus obras poseen, debido a las alegorías que encarnan y a los mensajes que difunden, que van desde el espíritu religioso hasta la expresión material de la prosperidad.

Durante el siglo XVII, sólo la naturaleza muerta tuvo en España amplio desarrollo y constituyó capítulo importante dentro del panorama de toda la pintura europea, aunque su incorporación a la historia “oficial” de la misma sea bastante reciente. Sin duda la naturaleza muerta española -el bodegón, como suele llamarse con denominación ya universal, a cualquier pintura de objetos inanimados, flores, frutas, objetos, animales muertos acompañados a veces por algún personaje humano- tiene personalidad bien singular y responde a una concepción en cierto modo distinta de lo italiano, flamenco, holandés o francés contemporáneo. Una sensibilidad humilde y grave, profunda e impregnada de un sentimiento casi religioso, que ordena los objetos con valor de trascendencia, es lo que hay de nuevo y personal en los primeros artistas españoles de este género, que parece, en ocasiones, tener un carácter casi religioso que a nosotros, menos familiarizados con el lenguaje de los místicos y con las inmediatas metáforas cotidianas de los escritores ascéticos como Fray Luis de Granada, Teresa de Jesús o Juan de Ávila, se nos escapan tantas veces. No es seguramente casual que algunas series de bodegones españoles procedan de clausuras conventuales, que hoy todavía se encuentren en sacristías catedralicias y que su más genial creador, Juan Sánchez Cotán, fuese fraile cartujo. Pero no debe olvidarse tampoco que, a través de los textos contemporáneos, nada se nos dice de ese posible valor trascendente o simbólico de un género del que se elogia tan sólo el virtuosismo en el representar lo inanimado y cuyos cultivadores sólo se recogen y mencionan si, además, han destacado en alguna otra cosa. Así, de Van der Hamen, maestro singular en el género, es elogiado por Palomino en sus obras religiosas y se refiere de pasada a sus “bodegoncillos“, al igual que hace con Sánchez Cotán, de quien alude a su habilidad “en pintar frutas“.

Que se consideraba ocupación menor y casi poco digna, lo muestra también el hecho de que algunos pintores de Bodegón, que hoy conocemos y estimamos gracias a las obras firmadas que vamos descubriendo, no merecieron que Palomino los incluyese en su Parnaso. Ni Antonio Ponce, ni Francisco Barrera, ni Felipe Ramírez ni Pedro de Camprobin, se asoman a sus páginas, y Andrés Deleito lo hace en una mención ocasional, a propósito de los bodegones de Cerezo, pintor bien conocido por su producción religiosa. Todos ellos son hoy, sin embargo, estimados como significativos representantes de un género que sin duda tuvo muy poca consideración en su tiempo. Francisco Pacheco era consciente de ese valor menor de la pintura de objetos inanimados y alza en su defensa una tímida voz, apoyada en la excelsa maestría de los de Velázquez, su yerno: “¿Pues qué? ¿Los bodegones no se deben estimar? Claro está que sí, si son pintados como mi yerno los pinta, alzándose en esta parte sin dejar lugar a otro”.

En la actualidad se tiende, por el contrario, a magnificar este género de pintura, viendo en él complejas significaciones simbólicas que no parecen autorizar los textos contemporáneos. Pero sí hay un sector explícito de este género que, con evidencia, reclama esa lectura: las “Vanitas“, en las cuales se muestra, con el lenguaje de los teólogos y con los tópicos del ascetismo de los predicadores, la vanidad de las glorias del mundo y la caducidad de la belleza, la riqueza y el poder, sujetos todos al inexorable dominio del tiempo y de la muerte. Pereda, Deleito y algunas obras de Valdés Leal son ejemplos soberbios de este género, que cuenta también en las clausuras conventuales con representantes más modestos artísticamente, pero igualmente expresivos en su contenido. Bajo la idea -obsesiva en algunos teólogos y comentaristas- de la fugacidad de la vida y la brevedad de sus goces, no es difícil ver en ciertos bodegones de frutas que muestran picaduras o imperfecciones, o en floreros con flores a punto de deshojarse, alegorías de la inanidad del mundo y de la constante amenaza de la muerte.

El bodegón, es un género que fue considerado siempre como muy menor porque el tema donde no existe la representación del hombre, era considerado de escasa categoría.  En un principio, el bodegón en sí mismo no existía, y sólo es a partir del S.XVII cuando se empieza a considerar como un tema que puede existir con independencia.

El primer pintor que considera tan importante la representación del bodegón como la de un tema histórico es el italiano Caravaggio, que en el S.XVII es el que otorga categoría al tema del bodegón.

El bodegón es la representación de alimentos y bebidas estrictamente, per habitualmente se suele confundir e identificar bodegón con naturaleza muerta, aunque esta sea estrictamente la representación de objetos inanimados. El género del bodegón también se le llama a los cuadros que tratan de confundir al ojo humano, lo que se llama el “trampantojo”, que es esa pintura realista e hiperrealista que finge realidad. Por bodegón también entendemos los cuadros de flores, sería una temática especial dentro de éste.También hay cuadros que pueden tener un sentido alegórico. Mediante la representación de objetos inanimados se hace una alegoría de la brevedad de la vida, de lo fútil que es este mundo, del verdadero valor del más allá. Estos cuadros reciben el nombre de “vanitas”, hacen reflexionar sobre la vida y la muerte.

El bodegonista se interesa por la forma, por el volumen, por el color y por la luz.    En el Barroco los bodegones españoles son sobrios (Zurbarán, Sánchez Coello) y en los Países Bajos son más ricos.

A partir de finales del S.XIX, después del Impresionismo, el bodegón es utilizado como medio de investigación formal, es un pretexto para indagar las posibilidades del lenguaje plástico. El post-impresionista más interesado en él es Cezanne.

A partir de aquí, la pintura contemporánea ha utilizado con gran profusión el bodegón para crear nuevos lenguajes pictóricos, y así, las vanguardias artísticas, empezando por el cubismo, lo utilizaron como campo de experimentación.

La naturaleza muerta o bodegón, se relaciona con una representación pictórica de objetos inanimados, como frutas, flores, caza, utensilios, libros o instrumentos musicales, generalmente agrupados sobre una superficie plana. El tema de la naturaleza muerta, sencillo y sin pretensiones, no suele tener importancia por sí mismo; representa más bien un medio para que el pintor practique la composición y la representación de detalles y texturas. Elementos propios de los bodegones son visibles en el arte romano de la antigüedad, en mosaicos y pinturas murales probablemente basados en modelos griegos, y en algunos casos se dejan entrever en el arte gótico. Con un talante bien distinto, se representan de forma sensible los aspectos del mundo natural en el arte chino y japonés. Sin embargo, el bodegón como forma de arte bien determinada, es fundamentalmente un fenómeno occidental posterior al renacimiento.

Existe una pintura sobre tabla (1504, Alte Pinakothek, Munich), del pintor veneciano Jacopo de Barbari, que representa una perdiz muerta y un par de guanteletes, que suele ser considerada como el primer bodegón verdadero. El desarrollo posterior del género tuvo lugar fundamentalmente en los Países Bajos donde artistas como Jan Brueghel, Pieter Claesz, Willem Kalf y Frans Snyders pintaron cuadros de floreros y mesas con frutas y caza, representados con exuberantes texturas y gran riqueza de detalles. En España, destacó de manera muy especial la austera sobriedad de los bodegones de Juan Sánchez Cotán, en los que una serie de piezas, generalmente de fruta, se distribuyen en composiciones geométricas sobre un anaquel con una sencillez casi mística.

En otros países, la naturaleza muerta estaba considerada como la forma menos importante del arte, hasta que, en el siglo XVIII, el pintor francés Jean-Baptiste Simeon Chardin  demostró sus posibilidades expresivas con sus obras de sosegada armonía. La importancia del bodegón creció a lo largo del siglo siguiente hasta alcanzar el lugar que se merece con la obra del pintor francés Paul Cézanne, cuyos numerosos cuadros de manzanas y naranjas constituyen obras maestras de composición formal. El bodegón se convirtió en una de las formas artísticas más sobresalientes de principios del siglo XX al ser utilizado por artistas como los españoles Pablo Picasso y Juan Gris y los franceses Henri Matisse y Georges Braque, entre otros, como un medio para sus experimentos de cubismo, fauvismo y expresionismo.

En España tenemos varios ejemplos, de los cuales destacará Juan Sánchez Cotán (1560-1627), pintor español creador de la tipología del bodegón en España. Nacido en Orgaz (Toledo), fue un pintor de escaso mérito en los temas religiosos, que sin embargo tenía unas extraordinarias dotes como bodegonista. Se formó en el rico ambiente cultural toledano de finales del siglo XVI, donde eran especialmente apreciadas las novedades, como las naturalezas muertas compradas en Flandes por los coleccionistas. Parece ser que fue discípulo del pintor toledano Blas de Prado (c. 1545-1599) y al parecer se dedicó a pintar bodegones antes de ingresar enla Cartuja en 1603, realizando el noviciado en El Paular para trasladarse en 1612 definitivamente a la Cartuja de Granada, donde vivió hasta su muerte.

Son muy pocas las naturalezas muertas que se conocen de su mano, pero él fue quien definió las cualidades y características del bodegón español, que se mantuvieron sin grandes variaciones a lo largo de gran parte del siglo XVII. Son obras en las que representa muy pocos elementos, -frutas, hortalizas y aves-, que aparecen colgados o alineados sobre el alféizar de una ventana, tratados con preciso dibujo y denso modelado, mientras una intensa luminosidad los destaca sobre un oscuro fondo, acentuando así su realismo y plasticidad. Según la mayoría de los especialistas, Sánchez Cotán pinta estos objetos con un sentido religioso, buscando en ellos, no su apariencia concreta, sino la acción creadora de Dios, idea también recogida en la literatura de la época. Existen bodegones de su mano en el Museo del Prado, Madrid, en el Museo de Bellas Artes de Granada y en el Museo de San Diego (Estados Unidos).

Otro pintor de naturalezas muertas de prestigio fue Francisco de Zurbarán (1598-1664), pintor español conocido por sus cuadros religiosos y escenas de la vida monástica en la época del barroco y la Contrarreforma. Su estilo, adscrito a la corriente tenebrista por el uso que hace de los contrastes de luces y sombras, se caracteriza básicamente por la sencillez compositiva, el realismo, el rigor en la concepción, la exquisitez y la ternura en los detalles, las formas amplias y la plenitud en los volúmenes, la monumentalidad en las figuras y el apasionamiento en los rostros.

Otros temas de la obra de Zurbarán, aparte los meramente religiosos, son los retratos (Conde de Torrelaguna, en el Museo de Berlín), los cuadros históricos (Socorro de Cádiz, Museo del Prado) y sobre todo los bodegones. Aunque son pocos los que conocemos, en ellos muestra claramente su estilo: sencillez en la composición -objetos puestos en fila-, tenebrismo conseguido con fondos muy oscuros, sentido del volumen en las formas y una gran naturalidad. Destacan los bodegones del Museo de Cleveland y del Museo del Prado (Bodegón).

Así mismo contaremos con el pintor Antonio de Pereda (1611-1678), pintor español que trabajó sobre todo en Madrid. Realizó obras religiosas y bodegones, entre los que destacan los cuadros de vanitas, naturalezas muertas de carácter simbólico alusivo a lo efímero de los placeres y glorias terrenales. Nacido en Valladolid en 1611, se trasladó muy joven a Madrid, donde se formó con el pintor Pedro de las Cuevas. Protegido por el marqués dela Torre, consiguió encargos importantes en la corte, donde participó con algunos de los más relevantes pintores de su tiempo, como Velázquez y Zurbarán, en la decoración del salón de Reinos del palacio del Buen Retiro (El socorro de Génova por el segundo marqués de Santa Cruz, 1634, Museo del Prado).

En su producción, dedicada fundamentalmente a los temas religiosos, tienen especial importancia las naturalezas muertas moralizantes o vanitas, en las que se alude de forma alegórica a lo pasajero de la vida (Alegoría de la vanidad, c. 1634, Viena, Kunsthistorisches Museum); también se le atribuye El sueño del caballero (c. 1660, Academia de San Fernando, Madrid).

Junto con todos ellos, también el pintor Mateo Cerezo (1626?-1666), pintor español del barroco cuya pintura se distingue por el refinamiento y la riqueza cromática. Nació en Burgos y se inició en la pintura con su padre. Hacia 1640 se trasladó a Madrid para convertirse en discípulo de Juan Carreño de Miranda. Gracias a su maestro pudo entrar en contacto con la pintura de Tiziano y Van Dyck, quienes influirían de forma decisiva en la obra del pintor burgalés. Después de una breve estancia en su ciudad natal y en Valladolid, se estableció definitivamente en la corte madrileña.

Aunque su obra no es muy numerosa debido a su muerte prematura, su estilo fue muy apreciado por sus contemporáneos por su gran destreza técnica y brillante colorido. Cultivó en especial los temas religiosos, aunque también realizó algunos bodegones. Entre sus obras más destacadas se encuentran Los desposorios de santa Catalina (1660) y San Agustín (1663), ambos en el Museo del Prado (Madrid).

Y por último, y como principal bodegonista español del siglo XVIII, hablaremos de Luis Meléndez. Nació en Nápoles (Italia), en una familia de artistas españoles. Se formó en Madrid, en la Academia de San Fernando y con el francés Louis-Michel Van Loo. Inició su trayectoria profesional como miniaturista, aunque pronto se dedicó a la pintura de naturaleza muerta, género al que dedicó la mayor parte de su producción. Sus bodegones, ejecutados con una técnica extraordinariamente minuciosa, presentan unas composiciones sobrias y ordenadas con pocos elementos, que aparecen descritos en detalles y calidades con gran realismo. El Museo del Prado (Madrid), posee un relevante conjunto de obras suyas, integrado por más de cuarenta cuadros procedentes del palacio de Aranjuez y realizados por el artista a finales del siglo XVIII. Es una serie destinada en su origen a representar distintos alimentos característicos de España.

En uno de los cuadros recogidos en la exposición que el Prado consagra al gran pintor español del siglo XVIII, Luis Meléndez, no es bodegón todo lo que reluce. Un examen con radiografía de esa obra, Bodegón con naranjas, plato de nueces, melón, cajas de dulces y recipientes, fechada en 1772 y traída para esta muestra dela National Galleryde Londres, sacó a la luz un retrato del rey Carlos III escondido tras las frutas. El busto fue ocultado por Meléndez, haciendo desaparecer una de las pocas obras con figura humana que conocemos de este artista.

Luis Meléndez se tuvo que conformar con trabajar sólo el bodegón y con vivir sometido a los vaivenes del mercado, si exceptuamos el encargo que recibió de Carlos IV para su Gabinete de Historia Natural, trabajo que hoy constituye el centro de los fondos del Prado sobre Meléndez y de cualquier exposición que se precie en torno a su figura.

El pintor encontró en el bodegón el camino hacia el que sus capacidades creativas, entre las que destacaba principalmente su potencial naturalista, o sea, representar fielmente la realidad. Sin posibilidad para demostrar su potencial para los grandes géneros -retablos religiosos o frescos históricos- , se tuvo que conformar con una disciplina entonces considerada menor. Sólo su buen hacer y la recuperación de esta temática pictórica por las vanguardias del siglo XX han permitido a Meléndez sobrevivirse a sí mismo.

Es imposible que imaginara que sus cuadros pudieran acabar dentro de una exposición en una de las grandes pinacotecas del mundo. Las naturalezas muertas de todo un Dalí son el mejor homenaje con el que nuestros días podían celebrar a Meléndez, cuya destreza le permitió acabar demostrando que, tras esa fidelidad a la realidad, se esconden unas reglas abstractas que un siglo después sacaría a la luz nada menos que Cézanne.


El bodegón español en el Prado

24 de marzo– 26 de junio de 2010
Centre d’Art d’Alcoi –  Alicante