Hopper, el Pintor de los Silencios

13 09 2012

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Madrid acoge una de las exposiciones más relevantes del verano, en el Museo Thyssen-Bornemisza: Hopper (1882 – 1967), genio del realismo social y figura clave de la pintura realista del siglo XX es desnudado a través de su obra, cuya exposición muestra un recorrido dividido en dos partes.

La primera – 1900 a 1924 – arranca con las obras de su periodo de formación, obras que reflejan una doble influencia: la americana, recibida de su profesor Robert Henri, de quien toma el gusto de la pintura nítida y la composición ordenada; y por otra la procedente de sus largas estancias durante los años 1906 a 1909 en Europa visitando París, Londres, Berlín y Bruselas. Pissarro, Degas, Sisley, Courbet y sobre todo Manet, marcan el inicio de su madurez pictórica. Una vez que definió su estilo, no hizo más que perfeccionarlo.

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Pintada en Nueva York en 1914, Soir bleu es la obra maestra que resume y concluye los años de aprendizaje de Hopper. Titulado por el propio artista en francés citando un verso de Rimbaud, el cuadro representa una escena crepuscular en la terraza de un café de París que debe leerse como una alegoría de la vida moderna. La figura de Pierrot, un autorretrato del pintor que ocupa una posición central en la composición, volverá a aparecer sólo una vez más en su obra. Será en Dos cómicos (1966) el último cuadro pintado por Hopper.

La segunda parte de la exposición, a partir de 1925, es donde aparece el Hopper más conocido, el de la madurez. Los cuarenta lienzos de este periodo muestran las caracteristicas fundamentales de la obra de Hopper. Con un total dominio del pincel realiza composiciones de gran sencilles y realismo a base de figuras geométricas, escenas domésticas dentro de encuadres cinematrográficos y el peculiar tratamiento que hace de la arquitectura. Hopper, con 73 obras, es de visita obligada.

El paisajismo había sido el género más importante de la pintura norteamericana del siglo XIX. Aunque cultivó también otros tipos de pintura, el rápido crecimiento de la reputación de Hopper durante la segunda mitad de los años veinte se debió sobre todo a sus paisajes. Su obra, sin embargo, supone una ruptura respecto de la tradición decimonónica, ya que se centra sobre todo en las vistas urbanas de Manhattan o en las zonas residenciales de las periferias urbanas. Lo hace sin condescendencia alguna, subrayando la vulgaridad y la inhospitalidad de los lugares pintados. Un ejemplo característico lo encontramos en su representación de los puentes suspendidos que unen Manhattan con Brooklyn, grandes obras de ingeniería que suscitaban la admiración popular pero que él representa como espacios ásperos y desolados en los que lo único que parece interesarle es su complejidad visual.

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Además de casas los cuadros de Hopper representan carreteras, gasolineras, vías o estaciones de tren, construcciones que se asocian a la movilidad geográfica y al desarraigo, unos rasgos sociales que se fueron acentuando con la depresión económica de los años treinta y quedaron inscritos profundamente en el imaginario colectivo norteamericano.

Durante los últimos quince años de su vida, al tiempo que la producción de Hopper se hace todavía más lenta, sus composiciones se hacen más simples, su materia pictórica más seca y ligera y sus escenas más expresivas, llegando en algunos casos a evocar la pintura de los primitivos italianos, como Giotto.

Museo Thyssen-Bornemisza 
Paseo del Prado, 8 – 28014 Madrid

Del 12 de junio al 16 de septiembre de 2012





Mondrian, De Stijl y la tradición holandesa – Museo Thyssen-Bornemisza (Madrid)

29 03 2012

El vigésimo aniversario del Museo Thyssen-Bornemisza en Madrid será dotado de una serie de actividades que elucubrarán la gran colección que el museo dispone, por ello se realizarán grandes exposiciones, junto a concursos; un simposio sobre Hopper y el cine; recorridos temáticos; una jornada de puertas abiertas, el domingo 7 de octubre, víspera de la fecha exacta del 20 aniversario; la restauración de El Paraíso, de Tintoretto, y un programa de conferencias sobre los barones Thyssen, impartido por Guillermo Solana, conservador-jefe del Museo. Una de esas grandes exposiciones ya está en marcha, una retrospectiva sobre Marc Chagall, sobre la que trataremos más adelante. Así mismo habrá otra sobre Edward Hopper, otra sobre la pintura de Gaugin y su relación con Tahití; concluyendo el 20 aniversario con una exposición sobre Cartier y su colección de joyas históricas.

Paralelo a éstas exposiciones y actividades, el Museo Thyssen-Bornemisza pone en marcha una nueva actividad expositiva, denominada “Miradas Cruzadas”, y que pretende servir para presentar de manera periódica una instalación temporal con el objeto de poner en valor las obras que forman parte de la colección, así como un punto de encuentro entre las pinturas modernas y las antiguas. Este ciclo de pequeñas exposiciones temporales parte el hace un mes, aprovechando la celebración de ARCO 2012, que estuvo dedicado a los Países Bajos, y por ello que dicha instalación llevará el nombre de Mondrian, De Stijl y la tradición holandesa: que propondrá un diálogo visual entre las pinturas de Piet Mondrian y sus colegas Theo van Doesburg y Bart van der Leck, con algunas obras maestras del Siglo de Oro holandés. El espectador podrá observar ciertos elementos comunes que comparten estos artistas, tan lejanos en el tiempo, como la equilibrada y armoniosa resolución de la composición pictórica o la tendencia de todos ellos a trabajar la superficie de la pintura no como una ventana abierta al espacio sino como un plano pictórico frontal bidimensional, organizado geométricamente.

Holanda se ha puesto históricamente como ejemplo de comportamiento civio y su arte como modelo de sencillez, austeridad y armonía. Pero lo cierto es que durante la mayor parte del denominado Siglo de Oro holandés, no solo existía una tensión permanente entre protestantes y católicos, sino que las Provincias Unidas permanecieron en guerra, primero con España, luego con Inglaterra y finalmente con Francia. Ahora bien, frente a esta inestabilidad, los creadores holandeses reaccionaron con una pintura serena, dedicada a la sencilla vida doméstica, y buscaron la pureza del paisaje a través de un nuevo concepto de la perspectiva y de la exactitud en el detalle.

Una inestabilidad similar coincidió con la creación del neoplasticismo. Cuando en julio de 1914 Piet Mondrian visitó su tierra natal desde París se vio sorprendido por el comienzo de la Gran Guerra. Durante esos agitados años, Holanda se mantuvo neutral y aislada, pero no por ello dejo de sufrir las consecuencias de la crisis generalizada de la conciencia europea. Para Mondrian ese aislamiento se tradujo en un acercamiento a la tradición artística holandesa y en un mayor alejamiento del cubismo francés. La progresiva planitud y abstracción, que tanto temían Braque y Picasso, era exactamente lo que él estaba buscando. Fue entonces cuando conoció a Van Doesburg ya Van del Leck y comenzaron a desarrollar las bases ideológicas de De Stijl, un nuevo lenguaje artístico basado en un espiritualismo utópico, ejemplo característico del lenguaje del modernismo de la primera mitad del siglo XX. El neoplasticismo pretendía ir mas allá de la apariencia cambiante de las cosas y descubrir el núcleo inmutable de la realidad, una realidad que, más que un hecho visual, era para ellos una visión espiritual a la que Mondrian denominaba “visión universal”.

La historia del arte holandés del Siglo de Oro abunda en imágenes de interiores. El interior como refugio, el interior como representación de la ética protestante basada en la mujer virtuosa, en la familia, o el trabajo, pero también el interior como espacio manipulado por el pintor. La nueva sensibilidad visual holandesa se aparta de las pautas artísticas marcadas por Italia y el modelo narrativo italiano es sustituido por un arte descriptivo, basado en la composición lógica y precisa de los elementos formales, más apropiado al espíritu de los países del norte. Interior con una mujer cosiendo y un niño, de Pieter de Hooch, o Interior con una mujer sentada junto al hogar, de Jacobus Vrel, son dos claros ejemplos de esa tendencia. La organización geométrica del espacio, a través de los elementos arquitectónicos o de determinados juegos de luz, nos hablan de un acusado sentido de la pintura como superficie, que Svetlana Alpers ha denominado impulso cartográfico. Al igual que los cartógrafos, los pintores holandeses crearon sus pinturas como una acumulación de temas representados bajo puntos de vista diferentes. Como si la pintura, en lugar de ser la ventana abierta al mundo de la tradición albertiana, fuera un espejo que recibe múltiples reflejos o un mapa. Como consecuencia, el juego de marcos, rectángulos, o la sucesión de cuadros dentro del cuadro, responde a un vocabulario abstracto en torno al cual se articula la pintura que pasa de ser la representación de un mundo fabricado, geometrizado a base de la superposición de múltiples prestaciones.

Tanto en sus obras como en sus escritos teóricos, publicados en la revista De Stijl, fundada por Van Doesburg en 1917, queda claro que los neoplasticistas consideraban su arte la culminación del arte del pasado. Como se pretende mostrar en este montaje, el desafío del nuevo lenguaje, el juego de planos y líneas sobre la superficie pictórica, no supuso una ruptura tan radical con la tradición y cobra un nuevo sentido al ponerlos en relación con las pinturas de los artistas holandeses del siglo XVII.

Composición de colores/Composición nº. I con rojo y azul, de Mondrian y Composición XX, de Theo van Doesburg, son buenos ejemplos del ascetismo extremo de las formas geométricas. Ahora bien, a pesar de que se apartan de la representación figurativa del mundo, no se alejan en absoluto de las mismas tensiones, de las mismas superposiciones que contemplamos en los maestros del Siglo de Oro creadas para dar vitalidad y armonía a la imagen. Al igual que ocurría en los interiores de sus predecesores, no existe ningún punto que organice la composición y, como ocurre en un mapa, la sucesión de retículas parece continuar indefinidamente fuera del límite del cuadro. Por otra parte, la retícula, que no es más que una respuesta a la voluntad artística de dar la espalda a la narración y de decantarse por una representación antinatural y antimimética, también representa una noción de dignidad espiritual, un ascetismo estético y una concepción ética de la humanidad que muchas veces se ha puesto en relación con el puritanismo protestante.

El mismo impulso cartográfico se encuentra en los amplios panoramas de Koninck, que se pueden ver como una superposición de accidentes o marcas del paisaje más que una representación fidedigna de los mismos. Al contemplar la Vista panorámica con ciudad al fondo, una efectista pintura de horizontes lejanos y elevados, comprobamos que el pintor se vale de una especial perspectiva creada a base de sucesivos estratos de tierras, agua y árboles que se prestan al análisis formal riguroso. A través del punto de vista elevado, Koninck se aleja de la perspectiva albertiana y el tratamiento radical de la topografía y de la luz le distancia del paisaje real. La línea del horizonte ligeramente curvada no hace más que acrecentar el aspecto de mapa, como si la intención del artista fuera colocar ese trozo concreto de tierra en medio de una visión del mundo en su conjunto.

Junto a la vista panorámica de Koninck, New York City, 3 de Mondrian, y el estudio a gran escala para Composición nº. 7 y Composición nº. 8, de Bart van der Leck, se muestran como contrapunto pero también como continuación de esa misma tradición del paisajismo holandés. Las dos nos ofrecen un mapapaisaje a la inversa: al apartarse de la visión en profundidad, convierten el paisaje en un mapa.

En el caso de Mondrian, a su esfuerzo preliminar por descubrir la armonía entre superficie, forma y color, se añade en esta obra tardía e inacabada un nuevo lenguaje más dinámico, a base de cintas adhesivas de colores, que trata de captar la cartografía de la ciudad de los rascacielos. Por su parte Van der Leck se basa en un boceto de paisaje realizado en 1914 durante su viaje por España y Argelia y, aunque la apariencia de la pintura es totalmente abstracta, una observación más detenida permite vislumbrar ciertos elementos figurativos, como las formas triangulares que parecen sugerir montañas. En suma, mientras que el realismo de la pintura holandesa del siglo XVII puede resultar engañoso ya que, más que representar el mundo real, se vale de determinadas “abstracciones” para trasmitir ideas morales, la geometría era para los miembros de De Stijl la garantía de una ley natural espiritual por encima de la diversidad de la naturaleza.

La exposición en sí no es muy amplia, abarca una única sala en la que se exponen las obras citadas en este artículo. Pero si bien es cierto eso de lo bueno, si breve… Por ello me gustaría que no dejaran de pasar esta oportunidad para poder ver ese neoplasticismo relacionado con la pintura del Siglo de Oro holandés, y esa relación que tiene, a pesar de los siglos de diferencia.

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Museo Thyssen-Bornemisza – 7 febrero — 6 mayo 2012 – Entrada Grautita





Heroinas

15 05 2011

El Museo ThyssenBornemisza de Madrid y la Fundación Caja Madrid muestran la exposición, Heroínas, un recorrido por la representación de la mujer en el arte occidental, buscando la mujer como un modelo de mujer fuerte, activo, independiente, desafiante, inspirado, creador, dominador, triunfante… muy diferente al de esa mujer  seductora o complaciente, vencida o esclavizada, modelos sumisos y pasivos tradicionalmente asociados a dos estereotipos dominantes y complementarios: la maternidad y el objeto erótico.

Heroínas es también una especie de “ciudad de las mujeres” centrada especialmente en el ciclo de la modernidad, desde el siglo XIX hasta la actualidad, aunque se incluyen algunos ejemplos desde el Renacimiento. Siguiendo un orden no cronológico sino temático, explora los escenarios y las vocaciones de las heroínas: la iconografía de la soledad, el trabajo, la guerra, la magia, la embriaguez, el deporte, la religión, la lectura y la pintura.

Se trata de destacar la influencia de la mujer en el mundo, la sociedad,… destacando que la mujer ha tenido un papel importante en la evolución, y que puede optar a todo. La exposición se establece de manera temática, a partir de conceptos que sincronizan las obras expuestas, estableciéndose varias obras en torno a ese concepto.

Mujeres fuertes: activas, independientes, desafiantes, inspiradas, creadoras, dominadoras, triunfantes. O bien, para usar una palabra clave de la agenda feminista en las últimas décadas: esta exposición se interesa por aquellas imágenes que pueden ser fuentes de “empoderamiento” (empowerment) para las mujeres.’ Así define Guillermo Solana, director artístico del Museo Thyssen-Bornemisza y comisario de la muestra, el concepto de ‘Heroínas’, última colaboración entre la pinacoteca estatal y Fundación Caja Madrid, que abrió ayer sus puertas al público (coincidiendo, de hecho, con el Día Internacional de la Mujer) y que rebate convincentemente aquello del ‘sexo débil’ con obras de grandes pintores de los últimos siglos.

Junto con las obras pintadas por los grandes pintores masculinos, destacan ellas, las grandes pintoras.  Podremos ver obras pintadas por mujeres de todas las épocas, como Lucia y Sofonisba Anguissola, Rosalba Carriera, Mary Cassat, Berthe Morisot, Gabriele Münter o Frida Kahlo, que, uniéndose a la predominancia de mujeres entre la selección de arte contemporáneo, intentan crear una mayor paridad entre los sexos de los creadores de las obras expuestas.

Desde el punto de vista del montaje, la exposición bien podría haberse convertido en un frangollo de imágenes de la mujer, de épocas tan diversas como para resultarnos inconexas y descontextualizadas, sin embargo esto se evita y se consigue realizar un recorrido expositivo refrescantemente innovador y original que consigue el ápex de lo que una exposición puede aspirar: dotar a una obra de nuevas lecturas mediante su asociación con otras obras.

Lo que permite esto es el criterio de selección de las obras. Lejos de organizar el recorrido a través de autores o escuelas, como suelen hacer las exposiciones de arte siguiendo unas ideas académicas que cada vez se cuestionan más, el recorrido se estructura mediante arquetipos femeninos, es decir, mediante distintas maneras de representar a la mujer. Así el recorrido del Museo Thyssen nos presenta una mujer vigorosa, tenaz y fuerte, mientras que Fundación Caja Madrid propone una mirada a la mujer mística, sabia, la figura de la maga o bruja, y dentro de cada sede cada sala se ocupa de arquetipos aún más específicos.

La exposición comienza con una imponente escultura en bronce de más de dos metros de alto titulada ‘Heroína’ de Gaston Lachaise, mujer de caderas anchas y senos augustos, suerte de arquetipo de la mujer más primal, la madre luchadora, impresionante primer golpe de vista que una mirada ibérica no podrá dejar de relacionar con las esculturas celtíberas de la mujer.

Comenzaremos la visita a la exposición por Solas, destacando la soledad como la primera de las condiciones de éstas mujeres. Presentando a la mujer sólo, aunque luchadora y triunfadora como Penélope e Ifigenia. Destaca la obra de Frederick Leighton, Soledad, sobre estas líneas, Ifigenia, de Anselm Feuerbach, realizado en 1871, y una pintura de temática diferente,  Habitación de hotel, obra de Edward Hopper, 1931. Tres mujeres solas. La primera, ensimismada, recogida, lejos del mundo; la segunda, Ifigenia, sacerdotisa de la diosa Diana, hermana de Orestes, deja su mirada vagar por el mar, escapándose así a su destino de ofrenda; y la tercera, una mujer común sola en la ciudad, en una pequeña habitación de hotel, aún cautiva de la carta que acaba de leer.

Pasaremos a Cariátides, otra de las partes de la exposición, dedicado a la mujer trabajadora, a esas mujeres segadoras y espigadoras, aguadoras y lavanderas, mujeres robustas y monumentales que sostienen como cariátides la arquitectura de la familia y de la sociedad. La retórica de estas imágenes tiene un valor ambiguo: por una parte celebran a la mujer trabajadora, pero exaltando al mismo tiempo su servidumbre como un destino natural y eterno. Hijas de la Tierra y atadas a ella para siempre, las campesinas-cariátides son heroínas encadenadas.

Una de las obras que destacan sería La Aguadora de Francisco de Goya, importante porque las aguadoras tuvieron un importante papel durante los sitios de las ciudades en la Guerra de la Independencia, llevando agua fresca y animando a los hombres del frente. Goya ha presentado a esta joven en una postura muy clásica, portando una pequeña cesta en su mano derecha y el cántaro en la izquierda, apoyándolo en la cintura. Vestida popularmente, mira al espectador para implicarnos en su patriótica labor con una sonrisa en el rostro, orgullosa de su actividad. Las telas del vestido apenas están sugeridas, dejando de lado los detalles al aplicar el color de manera rápida y contundente. Un potente foco de luz resbala por la figura, haciéndola más escultórica y atractiva a la vez. Junto

Ménades, será la tercera de los apartados de la exposición,  destacando la figura de la bacante, que aparece en ocasiones en la pintura como un juguete erótico – decorativo, creado para deleite del espectador.

Pero destacan junto a ellas las Ménades, dotadas con poderes capaces de arrancar con sus manos un gran árbol o despedazar un toro o un hombre. Se caracteriza a la mujer por su furia, su fuerza bruta,  destructora de hombres… destacando esta temática durante el siglo XIX, como la obra de Emile Levy, La muerte de Orfeo o Gleyre, y la obra Penteo perseguido por las ménades.

Disponiéndonos en el espacio numero cuatro, nos encontraremos la mujer vista como una Atleta, es decir, como una mujer que se siente activa, que disfruta de su cuerpo y con el que se mueve. Deriva en la figura de Atalanta, que encierra una amenaza potencial contra los roles de género que ha sido desactivada una y otra vez, desde el propio Ovidio hasta las interpretaciones pictóricas del mito. En la pintura victoriana, no obstante, la iconografía de cazadoras y atletas antiguas será rescatada para imaginar la emancipación del cuerpo femenino y el derecho al deporte como precursor en la conquista de otros derechos sociales y políticos.

Surge la figura de la mujer ante los animales, la mujer ante el hombre, surge de nuevo Diana, como mujer. Destacando las pinturas de Peter Paul Rubens con el título Diana cazadora de 1620, y Atalanta e Hipómenes de Guido Reni. Donde se contempla a la mujer con ese poder tan característico.

Para concluir en el Museo Thyssen de Madrid, la última de las salas se dedica a Acorazadas y Amazonas, es decir, la imagen de la mujer guerrera, de gran fortaleza. En primer lugar, las vírgenes guerreras, doncellas acorazadas según el prototipo de Juana de Arco. La armadura permite a la mujer travestirse para ejercer una actividad típicamente masculina, pero al mismo tiempo es una metáfora eficaz de la virginidad. En el arte del final del siglo XIX, en artistas tan diversos como Edgar Degas y Franz von Stuck, las guerreras se despojan de la coraza, regresando a la imagen original de las antiguas amazonas y acercándose, al mismo tiempo, a las reivindicaciones feministas que hacen eclosión en esa época.

Hay sólo un reproche que uno puede, humildemente, hacer a la exposición, y éste es la falta de representación de obras españolas. Es cierto que Goya está representado en la muestra, pero nuestro arte ha dado representaciones de la mujer tan válidas (en cuanto a temática) como las expuestas de otros muchos artistas, pienso por ejemplo en ‘La Sibila’ de Anglada-Camarasa, los lienzos que Sorolla pintara de su mujer e hijas, las esculturas de la mujer de Manolo Hugué, por no hablar de las obras de Pablo Picasso, creador prolífico cuya temática principal fue la mujer. Mi argumento aquí es, por un lado, político, una gran exposición como ‘Heroínas’ invariablemente revaloriza la obra expuesta, mostrar obras españolas revaloriza nuestro patrimonio; y, por otro, cultural, ya que la mirada española hacia la mujer es un fenómeno socio-cultural, condicionado por sus representaciones – desde el arte íbero o las vírgenes de Murillo hasta las revisiones de Goya y los modernistas respecto al tema. Al visitante español, sostengo, una exposición que explore nuestras lecturas de lo femenino y las contextualice y complemente con obras extranjeras, le aportaría más, aprendería más, que una basada en obras y arquetipos extranjeros.

Por otra parte, en ningún momento la muestra pretende ser integral, inclusiva de todas las lecturas de la mujer activa. Y qué duda cabe que la muestra toma ya muchos riesgos mezclando fotografías creadas en 2010 con lienzos de Caravaggio, que salga triunfante es de por sí un gran logro, testimonio de un criterio de selección experto, como lo es también que excite en la mente del visitante nuevas posibilidades y conexiones con otras obras. En este sentido, y en la gran calidad de muchas de sus obras, la muestra sólo merece halagos y recomendaciones. Se podrá visitar hasta el 5 de junio en el Museo Thyssen y Fundación Caja Madrid.

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Museo Thyssen-Bornemisza – Paseo del Prado, 8. 28014 Madrid.

Fechas – Del 8 de marzo al 5 de junio de 2011.

Lugar  – Sala de Exposiciones temporales del Museo Thyssen-Bornemisza. Continúa en la Fundación Caja Madrid.

Horario – De martes de domingo, de 10.00 a 19.00 horas. Desde el 12 de marzo, la exposición temporal en el Museo Thyssen estará abierta los sábados hasta las 11 de la noche. El lunes 2 de mayo también se podrá visitar la exposición. Lunes y domingo 1 de mayo cerrado. El desalojo de las salas de exposición tendrá lugar cinco minutos antes del cierre.

Fundación Caja Madrid – Plaza de San Martín, 1. 28013 Madrid.

Fechas – Del 8 de marzo al 5 de junio de 2011.

Lugar – Sala de exposiciones de la Fundación Caja Madrid. Continúa en el Museo Thyssen-Bornemisza.

Horario – De martes a domingo, de 10.00 a 20.00 horas. El lunes 2 de mayo también se podrá visitar la exposición. Lunes y domingo 1 de mayo cerrado





Chardin en el Museo del Prado

13 05 2011

El Museo Nacional del Prado reúne de nuevo tras varios años, una gran colección de las obras de Jean-Baptiste Siméon Chardin, después de las exposiciones dedicadas al pintor con motivo del bicentenario de su fallecimiento, o el tricentenario de su nacimiento; en 1979 y 1999. Realizándose una revisión de la obra del artista, a partir de 57 obras, la muestra constituirá una oportunidad excepcional para dar a conocer su obra por primera vez en España

Se establecerá un orden cronológico en la exposición, conociendo los inicios del pintor, en la segunda década del siglo XVIII, llegando hasta la obra de los años 70. Se han reunido las principales obras de Chardin, junto con otras menos conocidas; que provienen tanto museo público como de colección privada, contemplándose 16 obras que no se incluyeron en la presentación italiana de la muestra, como es la obra La raya, una de sus obras más destacadas, que procede del Musée du Louvre; Los atributos de las artes, del Musée Jacquemart-André de París, obra de grandes dimensiones de tema alegórico que se presta por primera vez a una exposición; o las tres versiones de la Joven maestra de escuela (National Gallery de Londres, National Gallery of Art Washington, y National Gallery of Ireland, Dublín) que se reúnen en primicia para su presentación en la sede española.

Chardin, nace y muere en París, ciudad en la cual vive toda su vida y de la que apenas se conoce variación. Sus orígenes fueron humildes, teniendo una formación como artesano en sus inicios, lo cual le influyó posteriormente en su pintura, mezclándose el detallismo y la libertad en la ejecución de sus obras. Chardin, no fue un pintor caracterizado por una numerosa producción, al contrario, se caracterizaba por pintar despacio, buscando la perfección.

En 1978 la Academia Real de Pintura y Escultura comprobó el buen hacer del pintor y de su talento, y fue aceptado como miembro en la categoría de Pintor de animales y frutas, con la obra La Raya, como principal ejemplo. Chardin se dedicará a la naturaleza de manera constante en toda su carrera, abordando a partir de los años treinta las escenas de género, influido por la pintura holandesa del siglo anterior, y también el retrato en pastel. El célebre crítico Denis Diderot le dedicó muchos elogios en sus reseñas del Salón, las exposiciones oficiales donde Chardin presentaba sus obras, destacando como su pintura evoca la calma y la tranquilidad. También en sus escenas de género, cómo La pequeña maestra, o La niña del volante, Chardin capta el recogimiento de sus personajes que rara vez miran al espectador, evitando cuidadosamente lo anecdótico y el detalle, para que sus obras logren una concentración silenciosa e inocente y que den una sensación de instantaneidad, de un momento a punto de desaparecer. La clientela de Chardin se dividía en dos: por un lado la aristocracia parisina conocedora de su arte y sus amigos artistas, y por otra una clientela real y principesca, representada por grandes soberanos como Luis XV de Francia, Catalina II de Rusia, o Luisa Ulrica de Prusia, reina de Suecia.

La corriente naturalista dentro de la que se inscribe Chardin, convivió en Francia, durante el siglo XVIII, con el rococó. El protagonista de los lienzos de Chardin es el objeto, objeto que varía y cambia su papel según la composición y su relación con el resto de los elementos figurados. Sus bodegones están compuestos con utensilios queridos por el pintor que formaban parte de su intimidad y de su vida privada y de los que se serviría constantemente para elaborar sus pinturas.

Según palabras del comisario de la exposición, Pierre Rosenberg, director honorario del Museo del Louvre y el máximo especialista en Chardin: ‘Si tuviera que definir en una sola palabra sus naturalezas muertas, lo haría con la palabra silencio´.

Y es precisamente ese silencio que emana de sus naturalezas muertas lo que le diferencia de la mayoría de los especialistas en este género, género considerado hasta entonces menor y cuyo reconocimiento en la centuria que vivió el pintor, benefició el auge de su personalísimo estilo.

 

La visita a la exposición comienza con las naturalezas muertas y los bodegones de hacia la segunda mitad de los años 20, destacando la obra anteriormente nombrada, La raya, procedente del Museo Louvre. Así mismo destaca en otras obras el uso de animales vivos en la representación con en las piezas el Gato con trozo de salmón y Gato con raya.  Éstas obras representan un animal vivo, modelo muy raro para Chardin, pues pintaba muy despacio, corrigiendo continuamente lo realizado, lo que no es conveniente para la pintura de animales vivos. Esta pareja de lienzos, procedente de la colección del barón Edmond de Rothschild, fue adquirida en 1986. Ambos óleos participan de la estética holandesa que impregnó las primeras composiciones de Chardin, en las que el artista adaptó a su gusto temas y formatos nórdicos. El Bodegón con gato y pescado está firmado y fechado en 1728. La fecha, de difícil lectura, fue interpretada y registrada en la bibliografía anterior a 1979 como 1758. Rosenberg rectificó más tarde, junto con Caritt, la fecha de ejecución al leer 1728, año más acorde con el estadio estilístico que muestra esta pareja de óleos.

Estos dos lienzos, compuestos con un esquema sencillo -una encimera de piedra sobre la que van alineando los animales, el almirez, las ostras, el salmón, las hortalizas y la loza-, se quiebran en su horizontalidad con los pescados colgados de los ganchos. El rico colorido, aplicado con generosidad de pasta y delicados toques repartidos por toda la superficie, nos da una imagen fidedigna y llena de honestidad visual. La gama de blancos, que Chardin utiliza aquí para las escamas del pescado y las pieles de los animales, sería admirada por pintores de la generación siguiente como Descamps.

Chardin maneja dos temas y dos técnicas artísticas. Los dos temas son las naturalezas muertas y las escenas domésticas (incluyendo retratos); y las dos técnicas son el óleo y el pastel. Sus inicios se encuentran en los bodegones, pero se da cuenta que no es rentable pintar un monotema y, tras una conversación con un amigo, entendió que necesitaba un nuevo reto más difícil. Así que en 1733 fija sus miras en las escenas de género. En el S. XVIII, los clientes exigían imaginación, facultad de la que se veía escaso Chardin.

Continuaremos con la visita con los bodegones de los años 30, entre los que se encuentra Un pato de cuello verde atado al muro y una naranja amarga o Naturaleza muerta con una jarra de porcelana y dos arenques colgados con hilos de paja a un clavo delante de una hornacina. Títulos que reflejan lo representado, es decir, el autor no destacaba uno de los elementos sobre el resto; sino que para él son todos importantes.  Destacaremos el uso de la figura humana a través de la pintura Pompas de jabón, en la cual en la exhibición encontraremos hasta tres pinturas casi similares, variando en apenas unos detalles.

 

Chardin no abandona jamás un género para dedicarse exclusivamente a otro, sabe renovarse, pero le gusta volver atrás a menudo y trabajar continuamente a varias bandas. Es también a partir de los años 30, cuando influido por la pintura holandesa del siglo anterior, aborda las escenas de género. Chardin capta el recogimiento de sus personajes y demuestra una grandísima habilidad para otorgar una serena dignidad a las simples tareas domésticas. Es evidente su evolución estilística en estas obras. Su pincelada se vuelve más vaporosa y las tonalidades suaves anuncian las de los pasteles del final de su carrera. Asimismo, deja de escoger a sus modelos entre el pueblo para centrarse en el entorno burgués de su segunda esposa.

Con obras como La Joven maestra de escuela, de la que se presentan tres versiones que se reúnen por primera vez juntas, El niño de la peonza, o La niña con el volante, Chardin alcanzaría auténtica popularidad en la segunda mitad del siglo XIX.

A continuación, la exposición documenta los años 50 y 60 y su regreso a las naturalezas muertas, un género que había abandonado casi totalmente. Éstas se distinguen claramente de las de los años 20 por la multiplicación de las especies de animales de caza, variedad de frutas y de objetos (porcelanas valiosas o cristalería sofisticada) que utiliza.

De esta época, se incluyen en la exposición la deliciosa Cesta de fresas salvajesVaso de agua y cafetera y Ramo de claveles, tuberosas y guisantes de olor en un jarrón de porcelana blanca con motivos azules, obra maestra de la Galería Nacional de Escocia. En estas obras la ejecución es más ágil, más lisa, y demuestran el interés de Chardin por los reflejos y las transparencias, la luz y las sombras.

La exposición finaliza con dos retratos en pastel, medio al que se ve obligado a optar por motivos de salud, abandonando la pintura al óleo, y con el que sorprende a todos en el Salón de 1771. Con estos pasteles queda patente su seguridad como artista y ponen punto final a su carrera. Chardin vuelve a la naturaleza muerta y con algunas piezas pintadas al pastel al final de su vida. Con el cambio de técnica trataba de mitigar los efectos de la amaurosis, una enfermedad producida por el plomo que se usaba como aglutinante para el óleo y que terminaba por paralizar los párpados.

Pierre Rosenberg, director honorario del Louvre y principal autoridad mundial en el artista parisino, analiza desde el punto de vista histórico la rareza de un pintor cuyo trabajo se instala sigilosamente y a contracorriente en el siglo XVIII hasta que el tiempo termina por darle la razón. Si los artistas franceses de su tiempo dibujan con facilidad, pintan deprisa y con habilidad rayana en el virtuosismo para captar el movimiento, adoran el espectáculo y recrean narrativamente la mitología y la historia para apoyar a veces discurso moral, Jean Siméon Chardin, dice Rosenberg, “no dibuja, pinta lentamente, con dificultad, huye del movimiento, pinta los gestos congelados, desprecia la anécdota, rechaza la narración, no de la lecciones de moral”. Y continúa: “Le gustan las cosas humildes, los objetos de la vida cotidiana, los gestos de todos los días que se repiten incansablemente. Ama el silencio que nada perturba”.

Exposición Chardin (1699 – 1779) – Museo del Prado, Madrid – Del 1 de marzo al  29 de mayo de 2011.

Horario – De martes a domingo de 9 a 20h (último acceso a las 19h)





Jean – Léon Gérôme (1824 – 1904)

11 05 2011

El Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid muestra la retrospectiva sobre el artista Jean-Léon Gérôme (1824-1904), resultado de un proyecto conjunto entre el J. Paul Getty Museum, el Musée d’Orsay y el propio Thyssen que supone la primera gran exposición monográfica dedicada al pintor y escultor francés desde la celebrada hace 30 años en Estados Unidos, y que se fundamenta en los estudios en profundidad y catalogaciones que sobre la obra del artista ha venido realizando la historiografía más reciente.

La exposición que recala en Madrid es una versión reducida de la gran retrospectiva presentada en Los Ángeles y París a lo largo de 2010, pudiéndose contemplar en el Thyssen-Bornemisza una selección de 55 de sus obras más emblemáticas. Los óleos y esculturas que se presentan permiten conocer todos los puntos claves de este creador de imágenes y así profundizar en su concepción teatralizada de la pintura de historia, en el realismo y el gusto por el detalle de sus trabajos de tema oriental, así como del uso de la policromía en su producción escultórica.

Jean-Léon Gérôme (1824-1904) fue uno de los pintores franceses más famosos de su época. A lo largo de su larga carrera provocó numerosas polémicas y recibió acerbas críticas, sobre todo por defender las convenciones de la pintura académica, que languidecía ante los ataques de realistas e impresionistas. Pero en realidad Gérôme no fue tanto un seguidor de esa tradición cuanto un creador de mundos pictóricos totalmente nuevos, basados a menudo en una singular iconografía en la que primaban los temas eruditos. Pintar la historia, pintar historias, pintarlo todo, tal fue su gran pasión. Al público le intrigaba de sus cuadros la constante interacción de valores y géneros, que se fundían en una estética de efecto collage. Su capacidad para crear imágenes, para ofrecer una ilusión de realidad mediante artificios y subterfugios, se pone de manifiesto en unas obras que tienen un acabado perfecto pero no son perfectas.

Nada ortodoxo como pintor académico, así pues, Gérôme sabía representar la historia como un espectáculo dramático y convertir al espectador, mediante imágenes muy convincentes, en un testigo presencial de hechos acaecidos en todas las épocas, desde la Antigüedad clásica hasta su propio tiempo. Los cuadros de Gérôme tuvieron una notable difusión gracias a los grabados y a las reproducciones fotográficas que desde 1859 se realizaron por encargo del marchante y editor Adolphe Goupil, quien luego sería además su suegro. Gérôme elige cuidadosamente los temas con la intención de crear imágenes que fácilmente se convierten en iconos visuales de la cultura popular.

Gérôme, pintor academicista pero muy poco ortodoxo, supo de este modo transformar la historia en espectáculo, de la Antigüedad al mundo que fue su contemporáneo, y situar, mediante imágenes particularmente eficientes, al espectador como testigo ocular.

Esta exposición muestra la obra de Gérôme bajo todos sus aspectos, pintor, dibujante y escultor, desde el comienzo de su carrera por los años 1840, hasta los verdaderamente últimos, y subraya la relación singular que mantuvo con la fotografía. No pretende una rehabilitación del artista, ya llevada a cabo en los años 1970-1980 mediante los trabajos pioneros del profesor Gerald Ackerman, sino destacar la paradójica modernidad de aquel que fue durante mucho tiempo considerado como reaccionario.

Creador de “imágenes”, su arte ha nutrido este arte de la “ilusión de lo verdadero”, de creación artificial de mundos exactos, como lo es el cine, y un gran número de sus obras, difundidas mediante el grabado y la fotografía, se han convertido en motivos icónicos de la cultura visual popular.

Esta exposición, la primera monográfica que se le dedica en España, permite conocer los aspectos más destacados de su obra pictórica y escultórica desde sus inicios en los años cuarenta hasta su producción más tardía.

Capítulo 1 – Los años de formación

A petición de su marchante y editor, Adolphe Goupil -que más adelante se convertiría en su suegro-, desde 1859 Gérome empezó a utilizar reproducciones fotográficas y estampas para divulgar sus trabajos y supo adaptar su obra a la política editorial llevada a cabo por Goupil, combinando hábilmente los temas anecdóticos que garantizaban su éxito popular con una composición pensada para su adaptación al formato más reducido del grabado o del revelado fotográfico. Aún con los reproches por parte de la crítica artística del momento, Gérôme logra crear así imágenes impactantes que marcan la memoria del espectador.

De perfecta factura, con una absoluta precisión del dibujo y maestría en el uso de los pigmentos, a pesar de la apariencia academicista en sus temas y composiciones, su obra mantiene con la modernidad una relación más compleja de lo que parece y es en este aspecto donde los  análisis historiográficos más recientes se han centrado para la revaloración de su figura y de su arte. Convivían en él simultáneamente la ambición romántica de  reproducir  los  temas  de  la  Antigüedad  clásica,  de  Oriente  o de la historia de Francia, con el impulso racionalista de dar una información veraz, imponiendo incluso ese fin a la exigencia de que la escena fuera inteligible o infringiendo las reglas académicas. En este sentido, destaca el modo  en que utiliza la imagen fotográfica para la elaboración de figuras, escenas o paisajes, su afán por ofrecer algo genuino y preciso, basándose rigurosamente en las investigaciones científicas y arqueológicas de su época, su novedosa concepción de la escenografía, adelantándose en el tiempo e inspirando directamente escenas de las grandes producciones cinematográficas de temática histórica, sobre todo las basadas en la Roma clásica de realizadores como Cecil B. DeMille o Mervyn LeRoy, entre otros muchos. Sin duda, la gran difusión de la obra  de  Gérôme  en  Estados  Unidos  tuvo  una  gran incidencia en esta fuente de inspiración para el gran cine de Hollywood. Esta doble identidad de su obra, a la vez científica y popular, es lo que la hace tan valiosa hoy en día para los historiadores del arte y el público en general.

Un joven Gérôme de apenas dieciséis años entra en el taller de Paul Delaroche, donde rápidamente asimila el estilo académico del maestro. Al mismo tiempo estudia y absorbe las claves de Jean-Auguste-Dominique Ingres cuya factura cuidadosa es incorporada por Gérôme a sus primeros retratos. Una estancia de un año en Italia acerca al curioso pintor francés a las antigüedades romanas y a la arqueología, abriéndole un nuevo mundo al que va a dar vida con su pintura.

Capítulo 2 – El momento neogriego

Jean-Léon Gérôme (1824-1904) ingresa a los dieciséis años de edad en el taller de Paul Delaroche,  un estudio muy popular y frecuentado por muchos jóvenes artistas, entre ellos el fotógrafo Gustave Le Gray al que le unirá desde entonces una gran amistad. El joven Gérôme se sitúa también muy pronto bajo la influencia directa de Jean-Dominique Ingres quien, junto a Delaroche, fueron los grandes defensores de la tradición academicista en la que se enmarca el arte de Gérôme en esta primera etapa de su carera, en la que cultiva tanto el género de la pintura histórica como el retrato. Con el cuadro Pelea de gallos que presenta en el Salón de 1847, logra un gran éxito,  se  revela  como  un  nuevo  talento  para  el  público, empieza a recibir sus primeros encargos oficiales y es proclamado jefe de filas de una nueva escuela, los neogriegos. El interés por la  Antigüedad, renovado por un deseo de plasmar la veracidad arqueológica, se convierte en pretexto para representaciones costumbristas, agradables y sentimentales, que ponen en escena una Antigüedad humanizada e intimista, casi trivial, y con un estilo a veces arcaizante.

Con La pelea de gallos Gérôme se presenta en el Salón oficial de 1847 y recibe una medalla de tercera clase; comienza entonces una carrera de éxitos profesionales y gran reconocimiento social. La obra recoge las características de la escuela llamada Neogriega, integrada por varios discípulos de Delaroche y Gleyre, de la que Gérôme será cabeza. Este grupo, también conocido como Los Pompeyistas, conserva la grande manière en las figuras y decorados clásicos pero abandona las escenas históricas, bíblicas o mitológicas para inclinarse por composiciones de género de la Antigüedad de una forma colorista, delicada y sensual.

Capítulo 3 – Siempre Oriente

Gérôme realiza varias expediciones a Egipto y Oriente Próximo atraído por lo romántico y literario del mundo árabe. Las visiones de esos escenarios enriquecen su repertorio de temas hasta la saciedad. En esta sección se pueden disfrutar sus interiores de mezquitas, mercados y baños, bailarinas y guerreros otomanos. La meticulosa atención que pone en las arquitecturas, vestimentas y tipos hacen de estas composiciones teatrales auténticos documentos etnográficos que acercan una cultura exótica y sugerente para el público occidental. Para alcanzar ese realismo y veracidad en los detalles de su escenografía, Gérôme se va a servir de la fotografía y cuenta con el asesoramiento del escultor Auguste Bartholdi y de su cuñado Albert Goupil.


Gérôme abandona pronto el estilo neo-griego pero su interés por representar algo verídico se extenderá a lo largo de toda su producción. El realismo de la anécdota y el afán por el detalle serán dos de las características principales de su arte, tanto en sus pinturas de temática oriental como en los grandes temas de historia; en los dos casos se evidencia también la misma preocupación por la teatralización. Ya sean escenas de carácter costumbrista, paisajes o personajes, en este grupo de obras el artista muestra una profunda fidelidad en la reconstrucción de los lugares y ambientes, así como un interés en la representación de lo pintoresco en arquitecturas o en indumentarias exóticas. El asunto representado ya no es el Oriente imaginado de la generación anterior; perfectamente documentada, su obra orientalista se nutre de los bocetos realizados durante sus numerosos viajes por Oriente Próximo, sobre todo a Egipto y Asia Menor, así como de las fotografías tomadas in situ por sus compañeros de viaje.


Capítulo 4 – Gérôme pintor de historia

El núcleo central de la exposición lo constituye una magnífica representación de su pintura de historia, incluyendo los grandes  temas que centraron su atención: la Roma antigua, las escenas napoleónicas y las del reinado de Luis XIV. En todos ellos la originalidad de Gérôme reside en el rechazo al “gran tema” y al papel edificador tradicionalmente asociado a este tipo de obras.

Prefiere representar en sus cuadros de historia no el momento culminante de un hecho histórico sino la anécdota, y lo hace escogiendo para inmortalizar en sus lienzos la escena inmediatamente anterior o posterior; de esta forma les confiere también un carácter marcadamente narrativo, enfatizado por el  sentido  teatral  de  la  composición  y  una  concepción  de  la  escena  prácticamente cinematográfica. Sus eruditas representaciones de la civilización romana y el culto por el detalle arqueológicamente exacto han servido de referencia para realizaciones cinematográficas del género: óleos como  La muerte de César (1867) o  Pollice Verso (1872) muestran escenas con un paralelismo evidente en cintas emblemáticas como Quo Vadis de Mervyn LeRoy (1951) o Ben-Hur de William Wyler (1959).

La Antigüedad, el siglo XVII francés y la época napoleónica constituyeron sus periodos históricos predilectos. La pintura de historia en Gérôme pierde el “heroicismo”, la enseñanza moral del gran tema, para centrarse en la anécdota. Conviven en sus pinturas la ambición romántica de anudar una estrecha relación con el teatro y el espectáculo y el impulso racionalista de dar una información exacta, verificada por las investigaciones científicas de su época. En esta sala Consummatum est y La muerte de César son ejemplos notables de algo muy habitual en Gérôme: el centrarse en el momento inmediatamente posterior al desenlace de la acción narrada.

Capitulo 5 – El artista en su taller

Gérôme se interesa desde muy pronto por la escultura pero no se consagra a ella hasta 1878 con la pieza Los gladiadores, inspirada en el grupo central de una de sus obras emblemáticas, Pollice Verso (1872). Apoyándose en los descubrimientos arqueológicos del momento concibe sus esculturas para ser policromadas: las figuras parecen así cobrar vida. Gérôme disfruta convirtiéndose en un moderno Pigmalión. En los años ochenta y noventa el propio taller del artista es tema recurrente en sus creaciones: son muchas las referencias cruzadas entre la obra pictórica y la escultórica.

Fantasías y El artista en el taller. Escultura policromada 

La carrera de Gérôme como escultor comienza en 1878, en el marco de la Exposición Universal. Considerado en ese momento por la crítica como el modelo del academicismo, el artista sin embargo no duda en defender lo contrario del dogma en cuanto al uso de la policromía en la escultura moderna -expresada en su cuadro-manifiesto  Sculpturae vitam insufflat pictura-, y se sitúa en el centro de los debates de la época. Siguiendo el ejemplo de la Antigüedad clásica, Gérôme da color a sus obras en mármol, con una técnica que mezcla cera y pigmentos.

El afán por el detalle y por la verdad arqueológica alcanza en su obra escultórica y pictórica  de esos años el ilusionismo y el trampantojo llevados casi hasta la obsesión. Una de sus esculturas pintadas más famosas,  Tanagra (1890), nos muestra también su gusto por la “auto-cita”, en un juego de espejos entre la obra esculpida y la obra pintada. Al final de su vida, la representación del escultor trabajando en su taller se convertirá en tema recurrente de numerosos trabajos, muchos de ellos autorretratos

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Información al visitante

Museo Thyssen-Bornemisza; en Paseo del Prado, 8. 28014 Madrid.

Fechas.- Del 15 de febrero al 22 de mayo de 2011.

Lugar.-  Sótano primero, Palacio de Villahermosa.

Horario.- De martes de domingo, de 10.00 a 19.00 h. Desde el 12 de marzo, la exposición temporal estará abierta los sábados hasta las 11 de la noche. El lunes 2 de mayo también se podrá visitar la exposición. Las taquillas cierran a las 18.30 horas. Lunes y domingo 1 de mayo cerrado. El desalojo de las salas de exposición tendrá lugar cinco minutos antes del cierre.

Transporte.- 

Metro: Banco de España.

Autobuses: 1, 2, 5, 9, 10, 14, 15, 20, 27, 34, 37, 45, 51, 52, 53, 74, 146 y 150.

Tren: Estaciones de Atocha, Sol y Recoletos.

Servicio de atención al visitante.- Teléfono: 902 760 511

Tienda librería.- Planta baja.

Catálogo de la exposición disponible.

Cafetería-Restaurante.- Planta baja.

Servicio de audio-guía.- Disponible en castellano, inglés y francés.

Tarifas.-

-Exposición: 7,00 €

-Reducida: 4,5 €

-Exposición y Colección Permanente: 12,00 €

-Reducida: 7,00 €

Reducida

Para estudiantes, mayores de 65 años, profesores de Bellas Artes y grupos familiares integrados por al menos un adulto y tres descendientes (o dos, si uno de ellos tiene alguna discapacidad) incluidos en el mismo título de familia numerosa.

Entrada gratuita

Menores de 12 años y ciudadanos en situación legal de desempleo, previa acreditación.