JOSEP MARÍA SERT – El archivo fotográfico del modelo

30 11 2012

Portada Sert

Josep María Sert: “El archivo fotográfico del modelo”, una reveladora exposición organizada en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid, que muestra 74 fotografías hechas por el pintor catalán durante el proceso de creación de sus monumentales cuadros. En ellas se presenta el sorprendente proceso de trabajo de este gran muralista europeo del siglo XX, uno de los artistas más célebres de su tiempo.

El motivo de la ubicación de la exposición en el MNE se debe a la fascinación que Sert sentía por este museo y por la obra de Alonso Berruguete. Y por la colección que museo posee de las figuras de Belén napolitano que el pintor utilizó en su proceso de creación artística.

Josep M. Sert (Barcelona, 1875 – 1945) creó una particular obra pictórica de temática a menudo alegórica y religiosa. Desarrolló su vida artística en París, donde ensayaba con modelos, maniquíes y figuras, creando grandilocuentes escenografías.

“El archivo fotográfico del modelo” nos adentra en una pequeña parte de esas imágenes, que habían permanecido inéditas durante años. Pertenecían a Leonard Mancini, su modelo y ayudante en las dramatizaciones que el pintor hacía en su estudio. Estas fotografías descubren al artista en su faceta más íntima y vanguardista.

Estudio para el San Sebastián de «El altar de la raza»

A la muestra, que se presentó por primera vez en el Arts Santa Mónica de Barcelona, se añadieron a su paso por el Museo de San Telmo de San Sebastián, 19 fotografías inéditas restauradas para la ocasión. En su presentación en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid, la exposición se completa con 18 figuras de belenes napolitanos del XVIII de la colección permanente del museo, dos de las cuales fueron propiedad del artista.

El artista, experimentaba en su taller, tratando de integrar la pintura en la arquitectura como forma de renovación del arte mural.

Comprometido con la causa aliada, durante la primera guerra mundial acudió al frente con su máquina de fotos en compañía de Jean Cocteau y Misia, que incluso fue vestida con uniforme de la cruz roja. Con un par de ambulancias ayudaron a socorrer heridos. Sert organizó también a un grupo de fabricantes textiles para suministrar

ropa y mantas al ejército francés, acciones todas por las que le concederían la Gran Cruz de la Legión de Honor.

En los años 20 empieza su colaboración con los Ballets Rusos, que influirían mucho en su trabajo pictórico. Y durante esta época, su obra recibe su gran reconocimiento gracias al narchante de arte, Wildenstein de Nueva York, quien organizada un gran exposición a través de su galería, especializada en los antiguos maestros y donde, en 1924, el pintor celebra su primera exposición. Dos años después, le llegaría la consagración definitiva con una exposición en el Museo Nacional Jeu de Paume de París.

Los años treinta son los de su reconocimiento oficial e internacional, con los encargos del Centro Rockefeller de Nueva York y la Sala del Consejo de la Sociedad de Naciones de Ginebra, obra esta última que hace por iniciativa de su amigo, el entonces presidente de la Generalitat, Francesc Macià, y que está considerada como la aportación de la joven democracia española al entonces nuevo organismo internacional.

J. m. Sert dirigiendo la instalación de El desarrollo  de la Medicina, en el Rockefeller Center, Nueva York. 1933

LA EXPOSICIÓN

La exposición se distribuye en ocho salas, que muestran un total de 74 fotografías y 18 figuras de belenes napolitanos del siglo XVIII de la colección permanente del Museo Nacional de Escultura. Figuras que se exhiben junto a una recreación del taller del artista, su laboratorio experimental, el lugar del que salieron todas sus imágenes. Un audiovisual mostrará también su disciplina de trabajo, el entorno artístico en el que Josep M. Sert se desarrolló y sus fuentes de inspiración. El recorrido por la exposición lo cierra “El puente español”, un biombo inspirado en la iconografía de Berruguete, por quien Sert siempre manifestó su admiración.

Estudio para “Embarque triunfal”

LAS FOTOGRAFÍAS EN SU TALLER

El gran interés de esta exposición se centra no en la obra pictórica de Sert sino en las fotografías que él mismo realizó en el transcurso de gestación de la misma. Estas, son imágenes que el artista hacía como parte de su proceso creativo y que, por tanto, nunca concibió para exponer. Este archivo nos adentra en una faceta más innovadora y poco conocida hasta ahora en la obra de este artista que, aunque tuvo un amplio reconocimiento en su época, en los últimos años parecía haber caído en el olvido. Estas fotografías, que documentan su inesperado método de trabajo, nos redescubren a Sert como el vanguardista que ahora se reivindica.

En 1918, a través del marchante Vincenzo Catello, Sert adquiere varias figuras de un belén napolitano del siglo XVIII. Curiosamente, algunas de estas piezas pasaron de mano en mano a lo largo de los años, terminando en la colección permanente del Museo Nacional de Escultura de Valladolid, piezas que ahora se exhiben aquí, junto a las fotografías de Sert.

catellets

Entre 1927 y 1935, Sert se dedica a hacer series de fotografías con esas figuras a las que radicalmente descontextualiza, convirtiéndolas en actores de sus excéntricos montajes y otorgándoles un significado totalmente nuevo. Tan pronto las convierte en castellers, como compone con ellas grandes torres, diagonales y pirámides, encabalgándolas en una iconografía de masas que conecta con el mejor cine del momento, el que hacían Griffith y Eisenstein.

Estas figuras, tenían para Sert un gran interés por las posibilidades expresivas que le brindaba tanto la articulación de sus cuerpos, como el realismo de sus facciones. El artista las sometía a complicadas poses y el montaje final es lo que captaba con su cámara desde inesperados ángulos. Incluso las disfrazaba, para recrear con ellas todo tipo de situaciones: desde el disparate goyesco, pasando por la feria callejera, hasta llegar a la fantasía exótica. Las ropas las confeccionaba una costurera y ese realismo, es el que le permite observar después, sobre la fotografía, cómo incide la luz sobre esas telas que plasmaría más tarde en sus lienzos. Es así como bajo el objetivo de su cámara, Sert transforma la tradición popular navideña en un universo tan alucinado como inquietante.

estudio anatomico

Su modelo y ayudante, Leonard Mancini, posaba en largas sesiones, desnudo y en forzadas poses llenas de expresividad.

 Según María del Mar Arnús, Comisaria de la Exposición: “Así, han quedado unas imágenes con unos encuadres sumamente audaces, perspectivas abruptas, gestos y actitudes nada usuales, y una soltura asombrosa en el manejo de los efectos de equilibrio y desequilibrio.

En algunas de estas fotografías aparecen reforzados los contornos mediante el dibujo, en otras acentuadas las líneas de fuerza, en otras, emborronado el bromuro, otras desenfocadas o cuadriculadas con lápiz. Además de poseer un carácter estético en sí, ilustran su sistema de construcción, descubren la estructura que subyace a una obra sumamente elaborada. Muestran la metamorfosis que experimenta la obra”. 

estudio Cristo

Una sala de la exposición recrea el taller parisino de Sert junto a unas figuras de belenes napolitanos similares a las que le sirvieron como herramienta de trabajo en sus escenografías dramatizadas. Dos de ellas, la Arménide y el Caballo de paso, son las que Sert utilizó en su día, cuando formaban parte de su colección.

belen napolitano valladolid

Forma también parte de la exposición el audiovisual “Josep M. Sert. Un barroco del siglo XX”, que hace un repaso por el entorno artístico que marcó la vida de este catalán afincado en Paris, rodeado de amigos como el director de los Ballets Rusos, Sergei Diaghilev, para quien crea decorados y vestuarios o la diseñadora Coco Chanel, íntima amiga de Misia (su primera esposa). También muestra imágenes del taller que Sert instala en vía Segur, y las fotografías de su asistente, Leonard Mancini, donde el artista revela las enormes posibilidades que le ofrece la fotografía.

El audiovisual incluye también un breve recorrido por Las Cuatro Estaciones, un trabajo inspirado en la iconografía de figuras de Belén con las que trabajaba. Un encargo con el que perfecciona la técnica del “decorado caja”, un tipo de decoración en el que la pintura invade toda la sala ocultando sus líneas arquitectónicas.

escultura_berrugueteLa proyección concluye con los grandes maestros que inspiraron al artista, entre ellos Alonso Berruguete, uno de los escultores mejor representados en este museo, además de Rubens, Goya, Tiépolo o Miguel Angel, sus referentes en la realización de sus pinturas murales. Como definió al pintor el conde de Sert: “modernista por tradición, barroco por formación y elección, y hedonista por naturaleza.”

EL “PUENTE ESPAÑOL”: UN HOMENAJE A BERRUGUETE

La escultura gozó, en el gusto artístico de Sert, de una predilección especial, como se constata en las fotografías que se muestran en la exposición, con sus escenas pobladas de estatuillas y maniquíes. Y como lo corroboran también, no sólo las numerosas fotografías y postales que acumuló durante sus viajes, sino la inspiración que encontró en la imaginería barroca para sus pinturas murales.

Sert siempre manifestó su entusiasmo por el Museo Nacional de Escultura y por la figura de Alonso Berruguete. En su obra “El puente español”, un biombo realizado en 1933 a sanguina sobre tela adherida a tabla, pintó célebres iconos berruguetianos como el San Sebastián, que aquí se exhibirá junto al biombo, obra que cierra el recorrido por las ocho salas de la exposición.

“El puente español”, 1933

INFORMACIÓN PRÁCTICA

Exposición del 21 de septiembre a 20 de enero

Entrada gratuita

Horario:

Martes a sábado: de 11 a 14 h y de 16,30 a 19,30

Domingos: de 11 a 14 h

Apertura nocturna y gratuita: del 21 de diciembre al 4 de enero, hasta las 21 h





Hopper, el Pintor de los Silencios

13 09 2012

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Madrid acoge una de las exposiciones más relevantes del verano, en el Museo Thyssen-Bornemisza: Hopper (1882 – 1967), genio del realismo social y figura clave de la pintura realista del siglo XX es desnudado a través de su obra, cuya exposición muestra un recorrido dividido en dos partes.

La primera – 1900 a 1924 – arranca con las obras de su periodo de formación, obras que reflejan una doble influencia: la americana, recibida de su profesor Robert Henri, de quien toma el gusto de la pintura nítida y la composición ordenada; y por otra la procedente de sus largas estancias durante los años 1906 a 1909 en Europa visitando París, Londres, Berlín y Bruselas. Pissarro, Degas, Sisley, Courbet y sobre todo Manet, marcan el inicio de su madurez pictórica. Una vez que definió su estilo, no hizo más que perfeccionarlo.

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Pintada en Nueva York en 1914, Soir bleu es la obra maestra que resume y concluye los años de aprendizaje de Hopper. Titulado por el propio artista en francés citando un verso de Rimbaud, el cuadro representa una escena crepuscular en la terraza de un café de París que debe leerse como una alegoría de la vida moderna. La figura de Pierrot, un autorretrato del pintor que ocupa una posición central en la composición, volverá a aparecer sólo una vez más en su obra. Será en Dos cómicos (1966) el último cuadro pintado por Hopper.

La segunda parte de la exposición, a partir de 1925, es donde aparece el Hopper más conocido, el de la madurez. Los cuarenta lienzos de este periodo muestran las caracteristicas fundamentales de la obra de Hopper. Con un total dominio del pincel realiza composiciones de gran sencilles y realismo a base de figuras geométricas, escenas domésticas dentro de encuadres cinematrográficos y el peculiar tratamiento que hace de la arquitectura. Hopper, con 73 obras, es de visita obligada.

El paisajismo había sido el género más importante de la pintura norteamericana del siglo XIX. Aunque cultivó también otros tipos de pintura, el rápido crecimiento de la reputación de Hopper durante la segunda mitad de los años veinte se debió sobre todo a sus paisajes. Su obra, sin embargo, supone una ruptura respecto de la tradición decimonónica, ya que se centra sobre todo en las vistas urbanas de Manhattan o en las zonas residenciales de las periferias urbanas. Lo hace sin condescendencia alguna, subrayando la vulgaridad y la inhospitalidad de los lugares pintados. Un ejemplo característico lo encontramos en su representación de los puentes suspendidos que unen Manhattan con Brooklyn, grandes obras de ingeniería que suscitaban la admiración popular pero que él representa como espacios ásperos y desolados en los que lo único que parece interesarle es su complejidad visual.

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Además de casas los cuadros de Hopper representan carreteras, gasolineras, vías o estaciones de tren, construcciones que se asocian a la movilidad geográfica y al desarraigo, unos rasgos sociales que se fueron acentuando con la depresión económica de los años treinta y quedaron inscritos profundamente en el imaginario colectivo norteamericano.

Durante los últimos quince años de su vida, al tiempo que la producción de Hopper se hace todavía más lenta, sus composiciones se hacen más simples, su materia pictórica más seca y ligera y sus escenas más expresivas, llegando en algunos casos a evocar la pintura de los primitivos italianos, como Giotto.

Museo Thyssen-Bornemisza 
Paseo del Prado, 8 – 28014 Madrid

Del 12 de junio al 16 de septiembre de 2012





MARC CHAGALL. Las Fábulas de Jean La Fontaine

14 05 2012

Marc Chagall (1887-1985) es uno de los artistas más importantes del siglo XX, con un estilo único creó un lenguaje singular. A lo largo de su dilatada carrera logró alcanzar una personalidad inconfundible a través de sus figuras etéreas, de sus colores, de su imaginario y de sus temas populares. Como muchos compatriotas rusos se instaló en París en las primeras décadas del siglo XX y esos años fueron decisivos para la definición de su carrera artística. En la capital francesa se relacionó con pintores, poetas, escritores, galeristas y marchantes. Pero más allá de esas amistades tuvo la oportunidad de encontrarse frente a frente con las obras de grandes maestros como Rembrandt y pudo aprender de las formas, de los colores y del estilo de Manet, Matisse o Picasso.

La carrera de éxitos de Chagall, en el ámbito del arte grafico comenzó en 1922 en Berlín, donde se detuvo cuando viajaba de París de vuelta a Rusia. En la capital alemana fue acogido cordialmente, pues allí su obra era conocida y despertaba admiración. A través de su encuentro con el galerista y editor alemán Paul Cassirer , Chagall estableció sus primeras relaciones con el mundo del arte grafico. Cassirer deseaba publicar “Mi vida” con ilustraciones del artista, por lo que le encargó una carpeta de 20 grabados. Como Chagall no tenía aún experiencia en este campo, se dejó introducir en esa técnica por Hermann Struck, un extraordinario grabador alemán de origen judío.

Del siglo XVI al XIX, el grabado fue el procedimiento de impresión en bajorrelieve más extendido en Alemania. Para Chagall, que hasta entonces sólo había trabajado como pintor y dibujante, el grabado fue toda una revelación. Con rápida maestría y combianando el buril con la punta seca, creó veinte láminas con escenas de la vida de Vitebsk en los que aparecía sus familiares mas cercanos, y que se imprimieron en 1923 con una tirada de 110 ejemplares. Por esas mismas fechas, Chagall realiza otros grabados, como el titulado “El paseo”, en el que sostiene con un brazo a Bella, que flota en el aire. El grabado fue publicado por la Bauhaus de Weimar. Con esta técnica, surge un nuevo artista conocido por su colorido, y que a partir de ahora trata su obra en blanco y negro, teniendo una gran habilidad en este soporte y convirtiéndose rápidamente en un gran maestro.

En Berlín, Chagall conoció también al artista judío Joseph Budko, famoso por sus xilograbados y litografías. Gracias a él, Chagall descubre el mundo de la litografía, que florecerá mas tarde en su estancia en París.  En esta técnica, como procedimiento de impresión plano, el dibujo se aplica con pintura grasa sobre piedra o zinc, mientras que en los procedimientos de huecograbado, como el grabado al aguafuerte o la calcografía,  el dibujo se hace arañando o mordiendo el material con aguafuerte o con un buril. Tras establecerse en 1923 en París, Chagall se familiariza con las diferentes técnicas del arte gráfico, haciendo numerosos aguafuertes, estampas a punta seca, aguatintas, litografías y grabados hasta el final de su vida.

En 1927, Vollard propuso a Chagall un encargo que suponía todo un reto, será el que encierra esta exposición: ilustrar Las Fábulas de Jean La Fontaine. Con su fantasía, su poesía y su ironía, esta obra encarnaba fielmente el esprit francés; por eso, se le consideraba como la obra por excelencia de la literatura francesa, un tesoro nacional. Las Fábulas de Jean La Fontaine habían sido ilustradas ya por diversos artistas franceses, pero Vollard estaba convencido que ninguno de ellos había conseguido reproducir adecuadamente su espíritu. Chagall estaba familiarizado con las fábulas de Iván Krylov, autor ruso que  igual que La Fontaine, se había servido del poeta griego Esopo como fuente de inspiración.

Entre 1924 y 1928, Chagall descubrió el encanto de los paisajes francés como la Bretaña, L’Isle-Adam en el Oise, la Costa Azul, los Alpes y los Pirineos… decubrimientos que reflejará en su arte. En Chambon – sur – Lac, en Auvernia, Chagall realizó rápidamente en 1926, 31 aguadas sobre las fábulas, y un año más tarde, otras 69. Como el intento de transformar las aguadas en ilustraciones en color no produjo los resultados deseados, Chagall grabó cien láminas para estampar en blanco y negro; esta tarea la llevó a cabo en Céret, en los Pirineos, durante 1928. Las aguadas fueron expuestas, en 1930, por la galería Bernheim – Jeune, una de las más prestigiosas de París. Posteriormente se expusieron en Bruselas y Berlín, donde Chagall estuvo presente.

Una vez finalizada la gira, las aguadas eran famosas, pero también se habían diseminado por todo el mundo. Nunca más volvieron a verse juntas: Bernheim – Jeune las adquirió por cuatro mil francos cada una y las vendió todas Cuando el Museo de Arte Moderno de Céret quiso organizar una exposición de las aguadas, con ocasión del trescientos aniversario del fallecimiento de La Fontaine, sólo consiguió mostrar 29, sin que se pudieran averiguar el paradero del resto. Esta exposición, calificada por el periódico francés Le Figaro como “ballet de colores”, también se presentó en 1996 en el Musée National Message Biblique Marc Chagall de Niza.

 

 

Jean de La Fontaine (1621-1695) y Marc Chagall compartían ciertas similitudes en su vida. A pesar de los siglos que separaban al escritor y al pintor, ambos poseían un increíble espíritu imaginativo. Ambos reflejan en sus obras memorias populares, y ambos creen en la humanidad y en su posible salvación. En la iconografía de Chagall los temas religiosos, judíos concretamente, inundan las telas y en las letras de La Fontaine, las moralejas nos hacen recapacitar igualmente sobre la realidad del ser humano. Sin duda, Chagall era el artista más indicado para ilustrar las Fábulas, a pesar de que muchos críticos le recriminaron a Vollard que encargara este trabajo a un pintor ruso y no a un francés. Por eso Vollard se justificó con esta tajante declaración: “Elijo a Chagall porque su estética es muy cercana, incluso está emparentada, con la de La Fontaine, densa y sutil, realista y fantástica”. Chagall afrontó el reto y fabulaba con las figuras hasta el punto de plasmar relatos imaginarios verdaderamente mágicos como los relatos del escritor francés. Las moralejas de las fábulas de La Fontaine son metáforas pintadas por Chagall.

El ruso no era el primer artista que ilustraba las obras de La Fontaine. Ya ,a mediados del siglo XVIII, se realizó una edición en varios tomos, con grabados basados en diseños de Jean-BaptisteOudry. En 1838 fue J.J. Grandville quien ilustró las fábulas, Gustave Doré en 1867 y Benjamin Rabierlo lo haría a comienzos del siglo XX .

El hecho de que Chagall fuera de origen ruso y de religión judía aumentó las suspicacias. Parecía difícil que un extranjero pudiera dar vida a uno de los más ilustres poetas franceses. La visión de Vollard era justo la contraria: “Elijo a Chagall porque su estética es muy cercana, incluso está emparentada, con la de La Fontaine, densa y sutil, realista y fantástica”. También le encargaría ilustrar la Biblia.

La colección mostrada en la Sala Municipal de Exposiciones de la Pasión de Valladolid, está formada por cien piezas que aluden a las fábulas de Jean La Fontaine, todas de tamaño similar, dispuestas sobre una pared en calada sobre la que se transcriben varias fábulas de Jean La Fontaine, que ayuda a entender el repertorio artístico.

Exposición: “Marc Chagall. Las Fábulas de Jean de La Fontaine”

Sala del Museo de la Pasión, Valladolid

Hasta el 20 de mayo de 2012 – Entrada gratuita –





PICASSO: El eterno femenino

21 03 2012

La Fundación Canal de Madrid realiza esta exposición gracias a la colaboración de la Fundación Picasso Casa Natal de Málaga, que cede temporalmente las obras que se podrán hasta el 8 de abril de 2012 en Madrid. El tema dispuesto en esta ocasión será la figura de la mujer, que ha sido uno de los temas iconográficos más constantes en la obra de Picasso, desarrollado en los distintos estilos que el pintor realizó a lo largo de su carrera. A través de los 66 grabados que componen esta muestra, realizados entre 1927 y 1964, el artista se enfrenta a la imagen femenina desde el lugar de quien al mismo tiempo la admira e interroga.  Hay que recordar que el artista malagueño retrata a la mujer principalmente de tres formas: desnuda, sentada o recostada. Además, se puede observar la influencia de otros pintores, como Ingres en sus líneas, por esa pureza de la línea. “Picasso ‐ El eterno femenino” nos presenta distintos ángulos desde los que se plasma la figura de la mujer, ya sean éstas imaginarias o reales, como las dos últimas y más intensas mujeres de Picasso: su compañera Françoise Gilot y su esposa Jacqueline Roque. La figura de la mujer se presenta como un soporte para la manifestación del alma del sujeto femenino. El artista personifica estas presencias femeninas desde múltiples ópticas: renacentista, barroca o cubista, donde aparecen mujeres sentadas a modo de los retratos cortesanos, posando para artistas, observando o siendo observadas, jóvenes y maduras, con vestimentas de otros siglos y otros ámbitos o completamente actuales… Existe una dualidad de visión en Picasso, que bien puede captar en la mujer en el esplendor de su naturaleza o en sus años de infancia y juventud para someterlas también a escenas alegóricas sobre el devenir de la vida o en situaciones en las que se intenta acceder a su mundo privado e interior. Esta multiplicidad de modelos femeninos se plasma en las catorce secciones en las que se articula esta exposición en las que los grabados ilustran, además, las distintas técnicas de la obra gráfica de Picasso. El título de la exposición hace referencia a la expresión creada por Goethe según la cual el eterno femenino reúne a la madre y a la amada en un principio universal que remite a la propia Eva y que, por tanto, unifica a las diversas modalidades de la mujer en un modelo intemporal y platónico.  La estructura de la exposición  “PICASSO – EL ETERNO FEMENINO” se articula en 14 secciones. Veremos de una manera reducida los contenidos de todas ellas para poder conocer mejor esta exposición. I. Espejo del alma El viejo adagio latino, que convertía las facciones en una manifestación o un reflejo del alma, encuentra cumplimiento en la obra gráfica de Picasso cuando dota de especial energía a las mujeres cuyos rostros plasma. Así, se deducen de estos retratos sensaciones como la afinada inteligencia (Retrato de la señora Rosengart) o la mezcla de belleza, elegancia, misterio y distanciamiento (Busto Estilo Moderno). II. Retratos de Françoise Françoise Gilot, compañera de Picasso durante diez años, joven pintora y madre de sus dos últimos hijos –Claude (1947) y Paloma (1949)‐, es una musa constante durante esa década fértil e intensa. Su rostro sereno y a menudo enigmático aparece en un comienzo de forma difusa (Cabeza de joven, 1945) o con líneas firmes y serenas (Cabeza de joven, 1946) o incluso con trazos firmes y esquemáticos (Joven con cabellos largos). Poco más tarde, a medida que su relación se afianza, su rostro aparecerá en retratos más ambiciosos y de mayor formato (Françoise con lazo en el pelo y Françoise con los cabellos ondulados), en los que la mirada hierática de Françoise se convierte en desafío al espectador (La camisa de cuadros). III. Retratos de Jacqueline Jacqueline Roque, su última compañera y esposa con la que se casaría en 1961, es otra presencia imprescindible en la obra de Picasso. Su rostro, a menudo de perfil, comparece en grabados marcadamente elegantes (Perfil en tres colores, Mujer con blusa de flores, y Jacqueline leyendo). En ellos incluso rinde un homenaje a España, al adornar a Jacqueline con una mantilla (Retrato de Jacqueline con mantilla) o tocada con un velo que es premonición de la boda, pocos años más tarde, entre Picasso y Jacqueline.   IV. La herencia del Renacimiento Picasso resucita las formas elegantes de los retratos femeninos del Renacimiento con mujeres generalmente representadas de perfil, ocasionalmente ornadas con flores o con cuellos alargados al estilo manierista. Son en gran parte rostros inventados, pero también recreaciones de caras de personas concretas. Son piezas de gran belleza llenas de equilibrio y calma, en las que la serenidad y la armonía de los rasgos se convierten en una idealización de las facciones de la mujer que son, a la vez, una glorificación de la belleza.  V. Mujeres imaginadas La enorme e inabarcable producción de Picasso, la rapidez de su creación, hace que muchas veces los personajes y rostros que recrea sean invenciones, mujeres que aquí nos presenta observándonos o bien buscando fuera de la obra una razón para su presencia, distante e incluso indiferente. VI. La herencia cubista Picasso, creador del cubismo, también aplicará las enseñanzas de este movimiento a la figura femenina. En algunos retratos aplica los principios cubistas trazando líneas audaces sobre un fondo negro (Figura en negro) o bien invierte los términos y son enérgicos campos de color los que delimitan el nuevo territorio del rostro femenino (Figura). También se arriesga combinando ambas concepciones tanto con masas de negro (Figura estilizada) como de color (Figura con blusa de rayas). De una forma más sencilla y didáctica, los ecos cubistas se  restan a formulaciones esquemáticas de gran eficacia (Hombre tumbado y mujer acuclillada y Carmen Plancha XXXV).   VII. La mujer sentada Recuperando la pose más habitual del retrato renacentista, con una óptica que hace también referencia a las representaciones de la Virgen y a los retratos de corte, Picasso sienta a la mujer para enfrentarse a su mirada múltiple e inquieta. Así sucede con los retratos de Françoise en un sillón, en los que no sólo la modelo, sino también los ropajes, propician variaciones sorprendentes que permiten comprobar la audacia y la libertad de la creación picassiana.   VIII. Divino tesoro La juventud tiene en la mujer la representación más gozosa para Picasso. Sucede así en el grabado de líneas clásicas en el que la juventud se convierte en alegoría de la paz (Juventud), o en las representaciones de jóvenes muchachas observando escenas que le son ajenas (Equilibristas observados por una campesina y su pequeña hija) o asomando en las obras sus rostros de inocencia (las dos ilustraciones para Poemas y Litografías). IX. Misterio y silencio El mundo privado de la mujer ‐su mundo interior‐ fue para Picasso un ámbito al que siempre quiso tener acceso. La actitud ensoñadora de Françoise meditando (Françoise sobre fondo gris, una ilustración para Carmen) abre la puerta para ese terreno de silencio y calma. El universo femenino de ensueño y confidencias se nos presenta en las cuatro versiones de Dos mujeres desnudas y en las dos de Mujer ante un espejo. X. La mujer y el artista Picasso recoge en las figuras de los artistas que representa una especie de confesión, de autobiografía. Así, su admiración por la mujer se plasma en los grabados en los que una mujer posa convertida en modelo, para que un artista ‐máscara y símbolo del propio Picasso‐ la retrate y aprisione para la eternidad en una obra que es, al fin y al cabo, la que observamos.  XI. La mujer observada La mujer atrae a los personajes de Picasso en actitudes que a veces rozan la adoración y en otras ocasiones la sensualidad. El ejemplo del primer tipo de contemplación se da en Escultor y dos cabezas esculpidas, donde la mujer se presenta a través de su representación escultórica. A la segunda variante pertenece la curiosa adaptación que Picasso hace del lienzo de Manet El desayuno sobre la hierba.   XII. La mujer que observa A Picasso, amigo de jugar con el espectador, le gustaba convertir a la mujer no sólo en el personaje observado en sus obras, sino también en el que observa lo que en ella ocurre. Sucede así en estos grabados plenos de clasicismo en el que el espectador se somete nuevamente a un juego de espejos y de mutuas e infinitas contemplaciones, accediendo a un espacio privado, pleno de silencio y de sigilo, que es el reverso del anterior tema de la mujer observada.   XIII. La profundidad de la piel El desnudo, la exposición de los cuerpos en su expresión más directa, tiene cabida en esta exposición con obras en las que la tensión erótica no está presente, siendo los cuerpos un pretexto para el juego con las líneas, una expresión de alegre vitalismo. Así sucede en la ilustración para el poema de Góngora, en el que los cuerpos parecen expresiones del arte arcaico griego, la pareja casi humana y casi vegetal del libro de Aimé Césaire o las dos mujeres sobre fondo negro del libro Poemas y litografías.   XIV. Damas del tiempo de antaño Picasso, en cuya memoria visual anidaba toda la cultura artística europea, ambientaba a menudo figuras y escenas en la época del Renacimiento y el Barroco, tal como sucede con la dama de aire centroeuropeo (Noble dama) o del Barroco español, época a la que también pertenecen la audaz representación de una Menina de Velázquez (Una menina), las juguetonas escenas de seducción que contemplamos en El viejo rey o en las imágenes sobre La partida del caballero, en las que la dama observa al paladín camino de convertirse en ausencia.

________________________________________________________________ Picasso. El Eterno Femenino Fundación Canal – C/ Mateo Inurria 2, 28036. Madrid Del 2 de febrero al 8 de abril de 2012 Horario: Laborables y festivos: 11:00 a 20:00 horas/ Miércoles: cerrado a partir de las 15:00 h.    





Presentada la nueva edición de Las Edades: “Monacatus”

12 03 2012

El pasado 2 de marzo de 2012, la Fundación Las Edades del Hombre,  presentó la nueva edición para 2012, de una nueva exposición: MONACATUS, que
tendrá lugar en el Monasterio de San Salvador en Oña (Burgos) en 2012.

 

Tras la suscripción de un convenio fijado el pasado 11 de mayo de 2010, por la Fundación Las Edades del Hombre y la Junta de Castilla y León, se determinó seguir trabajando unidos por la conservación, restauración y difusión del patrimonio de la Comunidad de Castilla y León. Se abrió, de este modo, una nueva etapa con un programa expositivo y formativo cerrado hasta el
próximo 2014.
Tras el éxito determinado en la última edición, realizada en las localidades vallisoletanas de Medina del Campo y Medina de Rioseco, y que acogieron la primera muestra de esta nueva etapa celebrada durante el 2011 bajo el título de Passio, alcanzaron casi medio millón de visitas, ejemplificando ese éxito.
En 2012, será la villa de Oña, situada en el nordeste de la provincia de Burgos, quien acoja la próxima edición. Oña es un conjunto de gran riqueza natural e histórico artística donde el viajero puede descubrir su glorioso
pasado histórico. Un lugar que mantiene una especial tradición con el nacimiento de Castilla.
El título de la decimoséptima edición de las Edades del Hombre es  MONACATUS (término latino que significa “Monacato”).  Indica el tema sobre el que gira la muestra: la vida consagrada en la Iglesia Católica.

MONACATUS se desarrollará en la archidiócesis de Burgos, en el Monasterio de San Salvador en Oña (Burgos).
La iglesia del monasterio, que contiene el panteón de los reyes, infantes y condes de Castilla y de Navarra, junto al claustro y otras dependencias como la sacristía y la antigua sala capitular, avalan desde el siglo XI su antiguo y fecundo esplendor religioso.
De la iglesia monástica se integrarán en el ciclo expositivo la sillería coral (obra de fray Pedro de Valladolid, siglo XV), el panteón condal y real (fines del siglo XV), las pinturas murales dedicadas a la vida de Santa María Egipciaca (siglo XIV), el crucificado románico de Santa Tigridia (fines del siglo XII), primera abadesa del monasterio y la escultura de la misma (siglo XVIII). De la sala capitular algunos de los restos románicos que en ella se conservan. Y de la sacristía diversos objetos de gran interés (aljuba, arquetas, etc). También se destacará la figura de San Íñigo, abad oniense entre 1035 y 1068, que marcó el esplendor benedictino del monasterio y cuyas reliquias se conservan en la iglesia.

 

La elección de Oña como sede de la decimoséptima edición de Las Edades del Hombre se debe a la celebración del milenario de la fundación del Monasterio de San Salvador (1011) por el Conde de Castilla Sancho García, nieto de Fernán González. Dado que el lugar de la muestra es el citado monasterio, y que para su desarrollo se ocupará la iglesia, la sacristía, la sala capitular y el claustro (obra de Simón de Colonia, 1503-1508), se ha decidido tomar como argumento la vida consagrada en la Iglesia Católica.
El tema nunca ha sido abordado de manera global en las anteriores exposiciones, por lo que el relato resultará novedoso para el público. Y mostrará el rico patrimonio religioso-cultural de los monasterios de la Iglesia Católica en Castilla y León, y de manera destacada, de la archidiócesis de Burgos, pero también de territorios limítrofes.

 

La exposición intentará mostrar que la vida consagrada es un carisma de Dios a la Iglesia, para el mundo. Y la novedad expositiva residirá fundamentalmente en la “puesta en escena”, en la que jugará un papel importante la captación del mensaje por medio de los sentidos y de las vivencias en el contexto de la muestra. Integraremos el mundo de la fotografía, manifestación artística que hasta ahora no había tenido cabida en anteriores ediciones.

 





El Joven Ribera, en el Museo del Prado

6 06 2011

Dos décadas después, el Museo Nacional del Prado, la gran pinacoteca española, difunde las obras que en 1992 no estuvieron en la antológica exposición del artista valenciano, José de Ribera. Desarrollándose la temática expositiva a partir de los años mozos del pintor, derivado de la consecución de hallazgos relacionados con nuevas atribuciones al pintor de Játiva.

La pieza clave del rompecabezas fue “El Juicio de Salomón”, que junto a una serie de los Apóstoles, que eran propiedad de la familia Longhi, de Florencia, había quedado hasta hoy con la burocrática autoría de El Maestro de El Juicio de Salomón.  En 2002, Gianni Papi, identificaba al Maestro del Juicio de Salomón, como a José de Ribera, el Españoleto. Éste nombre, fue establecido por el historiador Roberto Longhi, al estudiar la obra, propiedad de la Galería Borghese de Roma. Con el tiempo se le atribuyeron a este mismo artista otro conjunto de notables pinturas. Había muchísima confusión, debido en gran parte a que no firmaba las pinturas (solo dos de ellas lo están y, a pesar de ello, había dudas de su autoría), pero también a la evolución estilística de sus composiciones en tan pocos años.

El inconveniente esta relacionado con las obras realizadas por el pintor, que no estaban firmadas; ya que no se firmaban porque los que se consideraban maestros pensaban que su técnica hablaba por ellos, y que el que sabe de arte debe tener un buen ojo para identificar autores. Ésta ausencia de firma no es algo exclusivo de Ribera, sino que otros pintores como Velázquez, Caravaggio,…  tampoco firmaban sus obras. De ahí, ciertos fracasos en algunos historiadores del arte para averiguar el autor de una pintura.

Ribera terminaba cuadros en dos días, buscándose y sufriendo cada poco en su forma de pintar un cabio sísmico. José de Ribera llego a Roma en 1610, en 1616 se fue a Nápoles otro pintor distinto. Pero en ese tiempo, la mano rápida completaba lienzos sin firma que pasaron a la historia como anónimos, creando un debate que dura ya medio siglo, y que parece darse por cerrado y devolver ahora su juventud al pintor de Játiva, Valencia.

Por este y otros motivos, desde el hallazgo de Gianni Papi, no se había realizado una exposición sobre Ribera y toda la etapa de su juventud, relacionándose con los doce o catorce años de su carrera; tanto su estancia en Roma entre 1610 y 1616, como su primera etapa napolitana desde 1616 hasta finales de los años 20.

Ribera pintaba sin esquemas, corrigiendo en el lienzo, y la exposición tiene la virtud de comparar cuadros de apenas tres años de diferencia, que parecen de autores con poco en común. Ese es el tiempo de diferencia, por ejemplo, entre “El Juicio de Salomón” y el grupo del Apostolado y la serie de los Sentidos o el San Jerónimo, indudables de la paleta de Ribera.

«El joven Ribera» reúne, del 5 de abril al 31 de julio, 32 obras, entre ellas los principales hallazgos de esta apasionante labor de investigación, llevada a cabo por los grandes especialistas en el pintor.  La muestra arranca con el cuadro que dio origen a la confusión de autoría, «El Juicio de Salomón», y le acompañan grandes obras de las dos series principales que hizo Ribera en su etapa romana: un Apostolado que perteneció al propio Longhi y tres de las pinturas de la serie «Los cinco sentidos».


En la misma sala, un «San Jerónimo» —primer cuadro que firma Ribera—. Curiosamente, el Prado exhibe en su colección permanente otro «San Jerónimo» de este artista, última obra que firma, en 1652, año de su muerte. Destaca especialmente el espectacular «Calvario», obra maestra absoluta de Ribera.

Una segunda sala; Ribera en Roma, los cuadros de Historia; la copan cinco grandes composiciones, encargadas por sofisticados coleccionistas romanos y creadas por Ribera como cuadros de historia y no devocionales, pese a su temática religiosa: «Jesús entre los doctores», «La negación de Pedro» —también atribuida durante años al Maestro del Juicio de Salomón— o «La resurrección de Lázaro», única obra de juventud de Ribera que atesora el Prado. Fue adquirida en una subasta en Nueva York en 2001. La compra no estuvo exenta de polémica, pues surgieron dudas sobre su autoría, pero el profesor Milucia siempre la defendió y se siente muy orgulloso de que ese cuadro esté hoy en el Prado. Ribera demuestra con estas grandes composiciones que la pintura naturalista sí es adecuada para pintar este tipo de historias.

Junto a ellas, un «Martirio de San Lorenzo», procedente de la Basílica del Pilar de Zaragoza, que es una de las novedades en este nuevo catálogo del Ribera joven.

En Roma, Ribera se aproximó a la pintura de historia -composiciones complejas con varios personajes cuyos asuntos procedían de repertorios narrativos como la Biblia-, género que provocó el debate entre los defensores y detractores del naturalismo, quienes sostenían que era un estilo inadecuado para representar composiciones en las que se usaba una amplia variedad de acciones y “afectos”. Ribera, artista joven y deseoso de reconocimiento, respondió a este debate con obras de formato apaisado, protagonizadas por figuras de considerable tamaño, en las que el lenguaje naturalista constituyó un instrumento muy eficaz para dar credibilidad a las acciones, a los sentimientos y a la relación de los personajes entre sí.

La tercera sala, Entre Roma y Nápoles: medias figuras; comparte obras realizadas en Roma y en sus primeros años napolitanos. Es muy interesante comparar dos «San Pedro y San Pablo» con estilos bien distintos pintados con tan pocos años de diferencia. Uno de ellos está también firmado.

Durante su estancia en Roma y los primeros años de su época napolitana, Ribera también realizó numerosas figuras aisladas o en pareja -generalmente de medio cuerpo y con frecuencia ante una mesa- que en su mayoría eran santos del Nuevo Testamento. En estas representaciones conjugaba su escritura pictórica, precisa y eficaz, con tipologías humanas realistas y composiciones en las que el personaje se encuentra en primer término y ocupa casi todo el campo pictórico dando lugar a imágenes llenas de fuerza y rigor, y que serán el punto de partida de soluciones posteriores, que convertirán a Ribera en uno de los artistas de su tiempo que supieron crear un vocabulario y un repertorio más personales. En esta etapa ya comienza a representar filósofos como en las obras Orígenes y Demócrito, para los que utiliza fórmulas similares a las de los santos, aunque todavía no se recrea en la asociación entre pobreza y filosofía que caracterizó sus representaciones posteriores.

La exposición se cierra con una sala íntegramente napolitana en la que las obras ya son plenamente devocionales, pintadas para avivar el sentido religioso del espectador. En estos años emerge en la pintura de Ribera el cuerpo masculino desnudo como campo de dolor y santidad, que ya no abandonaría nunca en su prolífica y fecunda carrera. Espléndida, la «Lamentación sobre el cuerpo de Cristo muerto», de la National Gallery de Londres. De la serie de la Colegiata de Osuna se exhiben dos obras. Destaca especialmente el espectacular «Calvario», obra maestra absoluta de Ribera.

En 1616, el artista llegó a Nápoles, ciudad en la que permanecería hasta su muerte en 1652. La transformación que su arte experimentó allí está relacionada con las diferentes expectativas que su nueva clientela desarrolló hacia la pintura, lo que se tradujo en un énfasis mayor en cuestiones devocionales. Mientras que las pinturas de composición que había hecho en Roma se caracterizaban por su formato apaisado, su elevado número de personajes y su aspiración a convertirse en cuadros de historia, las que hizo durante su primera década en Nápoles fueron, en su mayoría, verticales, de naturaleza devocional y con un predominio de temas relacionados con la Pasión. En ellos se juega frecuentemente con el contraste entre el cuerpo desnudo y mártir y el afán o la mofa de quienes le rodean, siguiendo una fórmula de amplia tradición que ya había utilizado Caravaggio.

En la Colegiata de Osuna se conservan cinco cuadros de Ribera que representan a San SebastiánSan Pedro penitenteSan Jerónimo y el ángel del JuicioEl martirio de san Bartolomé y El Calvario. Los cuatro primeros fueron realizados entre 1617 y 1619 para Pedro Téllez Girón, III duque de Osuna, virrey de Nápoles entre 1616 y 1620. El Calvario fue un encargo de la duquesa y fue acabado en 1618. Todos ellos ingresaron en la Colegiata antes de abril de 1627. El número de obras, sus dimensiones y la variedad de tipologías y soluciones compositivas convierten al conjunto en uno de los más importantes del inicio de la actividad del pintor.

 

 

Museo Nacional del Prado, Madrid (España)

El Jóven Ribera – Del 5 de abril al 31 de julio 2011

Horario – De martes a domingo de 9 a 20h (último acceso a las 19h)

Acceso – El acceso a esta exposición se realiza por la puerta de Jerónimos. Sala C del edificio Jerónimos

Tarifas de acceso a la exposición

–       General: 10€

–       Reducida: 5€.

 

Tarifas acceso combinado (exposiciones temporales y colección permanente)

Esta entrada permite el acceso a las exposiciones temporales en vigor y a la colección permanente:

–       General: 12€

–       Reducida: 6€

–       Gratuita. Aplicable a menores de 18 años, personas con discapacidad o incapacidad permanente (y un acompañante, cuando sea necesario para realizar la visita), ciudadanos de la UE en situación legal de desempleo, grupos familiares integrados por al menos 1 adulto y 3 descendientes incluidos en el mismo título de familia numerosa, miembros de la Fundación de Amigos del Museo del Prado, profesores en el ejercicio de sus funciones, guías oficiales de turismo y periodistas, siempre que acrediten documentalmente su condición.

Grupos

No se admiten visitas de grupo





Edward HOPPER, el observador invisible

23 05 2011

Hopper, fue el gran pintor estadounidense, cuya obra marcó un hito en la historia del realismo americano; pues logró plasmar en su arte esa sensibilidad particular del siglo XX en Estados Unidos, que se caracteriza por el aislamiento, la soledad y la melancolía.

En sus comienzos, Hopper tuvo una gran influencia la pintura europea, pero esta influencia fue doble; por un lado, se había formado en la escuela de William Meritt Chase, uno de los pintores americanos más influenciados por el Impresionismo y que tuvo como profesor de pintura a Robert Henri; y por otro lado sus prontas aventuras por Europa y sus largas estancias en París.  De hecho Henri, aunque a la cabeza de un grupo de pintores dedicados a hacer dela América urbana el tema de su trabajo, practicaba un tipo de arte estilísticamente influido por la “pintura de la vida moderna” francesa, caracterizada por el uso de la pincelada libre.

En París Hopper entró en contacto con las fuentes de esta escuela de pintura, y los cuadros realizados en torno a 1910 mezclan ingredientes de la pintura moderna estadounidense y del Impresionismo y Postimpresionismo francés.

Los cuadros de Hopper de este periodo temprano tienen colores oscuros, cálidos tonos marrones, dominando el gris oscuro y el negro; su manera de pintar sigue, de una parte, la tradición de los pintores barrocos holandeses Rembrandt y Frans Hals, y también debe mucho a Édouard Manet; un ejemplo de ello son las obras que pinta con la situación del estudio, como Standing Female Model in Studio,  1900-19003 (Desnudo femenino en el taller):  este cuadro está pintado en carboncillo, en él vemos una mujer desnuda que está de espaldas en su taller de pintura.  Ella está contra una cortina o pared y es la imagen más nítida, ya que a medida que nos vamos alejando de ella los dibujos se van difuminando.

El foco de luz parece estar colocado en la parte superior derecha de la habitación, ya que la mujer hace sombra sobre la pared.  La mujer parece transmitir una sensación de debilidad, posiblemente debido a su desnudez, ya que está de espaldas, y tiene las manos recogidas, con los hombros recogidos, como si se acurrucase contra la pared, lo cual acentúa más la sensación de debilidad, miedo y pudor.

Al principio puede parecer que este periodo francés de Hopper está separado del resto de su obra, pero cuando se observa con detenimiento se aprecian huellas que el pintor seguirá toda su vida y que en la obra posterior se multiplicarán hasta convertirse a veces en constelaciones plásticas obsesivas.

En Soir Bleu, de 1914, tenemos un cuadro pintado con una pincelada muy suelta.  El fondo del cuadro es totalmente azul, con dos tonos de azul; a este fondo se lo podrían dar varias interpretaciones, bien podría ser pintado en la pared de un bar, incluida la barandilla, representando una terraza al lado del mar, o bien que sea una terraza, ya que la luz parece exterior.  Encima del fondo azul hay una lámparas que animan el color apagado del cuadro. El local está frecuentado por prostitutas, proxenetas, clientes y un pierrot.  Justo delante del señor de la boina hay una columna que deja en segundo plano la parte izquierda del cuadro y nos centra en la derecha.  Hay siete personajes en total, de los que tres estás de espaldas, de los que destaca el señor del uniforme.  De los que están de frente al observador destaca el pierrot, y también la prostituta que está de pie, ésta parece estar sacada de un cuadro típicamente impresionista.  A destacar la mezcla de clases sociales: trabajadores, artistas, clase alta y la prostituta.
Las pinturas de su primera época, como Le pavillon de flore (1909, Museo Whitney de Arte Americano, Nueva York), siguen una línea realista y muestran algunas de las características básicas que mantendría durante toda su carrera artística, composición basada en formas geométricas grandes y sencillas, áreas de color planas y utilización de elementos arquitectónicos para introducir en sus escenas fuertes líneas verticales, horizontales y diagonales. Aunque exhibió una obra en el Armory Show de Nueva York en 1913, ésta despertó poco interés y durante la década siguiente se vio obligado a trabajar principalmente como ilustrador comercial.

En la segunda mitad de los años diez y en los primeros años veinte Hopper no abandona la pintura aunque trabaja en sus experimentos más innovadores en la técnica del grabado.  Un ejemplo lo tenemos en el aguafuerte Night Shadows, 1921 (Sombras nocturnas).  En este cuadro tenemos un efecto dramático que surge al encontrarse el observador desde la parte superior derecha con el hombre que camina en la noche y al estar el ángulo de visión oblicuamente opuesto a su sombra y a la de un árbol.

Por otra parte, la sombra del árbol no sólo es desproporcionadamente grande, sino que incluso corta casi justo por la mitad el ángulo recto, no enteramente visible, formado por la calle.  Además, anticipa un singular centrado de la perspectiva de visión.  Los nítidos bordes de esta sombra proyectada parten en dos una superficie casi blanca en la mitad blanca izquierda.  Esta construcción dinámica provoca la impresión de una amenaza, dado que el camino del hombre, que está marcado por la línea de la acera, se ve interrumpido por la sombra en diagonal.

En 1925 pintó La casa cercana a la estación (Museo de Arte Moderno, MOMA, Nueva York), obra clave del arte estadounidense que marca la madurez de su estilo. El modo sólido y directo de marcar formas y ángulos sobre el lienzo y la utilización resuelta de luces y sombras se mantienen dentro de la línea de su obra anterior, pero el espíritu que marcaba el tema esencial de la obra era nuevo, expresaba una atmósfera de aislamiento total y de soledad casi sobrecogedora.

Como curiosidad decir que este cuadro sirvió de modelo a Alfred Hitchock para la casa de Psicosis.  Si se observa detalladamente la casa, se denota que fue construida antes que el ferrocarril; al menos nos habla de un estilo arquitectónico preindustrial.  Por otro lado, se ve totalmente extraviada en el entorno.  Como casa solitaria en una superficie amplia y sin árboles, podría muy bien pertenecer a un pueblo fantasma por el que la historia habría pasado de largo.  La torre, la fachada cubierta y la terraza lateral, originariamente pensadas para contemplar la naturaleza, dan a medias a las vías, mientras la casa está edificada en diagonal con respecto a ellas.  La impresión de abandono provocada pro esta casa viene también de las vías.  Éstas no solamente cortan en dos el cuadro, otra vez paralelamente a la parte inferior, y ocultan la base de la casa; el terraplén aparece al mismo tiempo como un trozo de naturaleza destruida.  Los colores fuertes de los herrumbrosos raíles y del terraplén marrón contrastan claramente con los colores pálidos, gris azulados de la casa, aunque ésta presenta esas chimeneas de color rojo chillón características.  Las ventanas, que parcialmente reflejan la luz, producen también el efecto de desamparo y aplastamiento por la civilización.  Los colores del cielo nos transmiten melancolía, con un tono gris blancuzco, pero sin nubes.  Aquí nos demuestra Hopper que es un maestro en la representación de cielos y nubes.

Tras los años veinte Hopper abandona el grabado pero el tórculo sigue siendo la única decoración de su estudio de Washington Square, atestiguando cual fue el instrumento que ayudó al artista a hallar su camino.

En los año siguientes, Hopper acentúa el juego de luces y sombras, así como el cambio de tonalidades expresivamente aplicadas, aún más frecuente para presentar casas y otros edificaciones no sólo como hitos de la civilización, sino para proporcionarles al mismo tiempo una expresión ambientable.  Un buen ejemplo es Coast Guard Station, de 1929 (Estación de guardacostas) que es un óleo sobre lienzo.  Tenemos un efecto chocante provocado por la oposición de luces y sombras, aumentado aquí aún más; por otro lado el puesto del guardacostas está desamparado.  La casa del puesto de guardacostas está rodeada de una naturaleza áspera e inhóspita; se observa la parte de la casa que da al mar, la parte que sujeta la torre como es lógico.  Nos encontramos un trozo de tierra no cerrado por caminos y apenas sí apreciamos una estrecha entrada a la casa.  Perdida en el espacio esta casa aparece expuesta a fuerzas invisibles y sometida a un juego de luces y sombras que a un tiempo acentúa y difumina sus perfiles.  La tensión surgida del conjunto del cuadro se repite en la doble vertical formada casi en la mitad por la torre de vigilancia, de color blanco, y la chimenea de un rojo intenso, típica de Hopper.  La textura de luces y sombras, que da a la visión del puesto un dinamismo expresivo y la hace extraña, queda más acentuada por el agudo contraste del blanco, rojo y el negro.

Poco a poco Hopper logra ir dejando atrás sus influencias europeas, y en su arte la realidad más banal se manifiesta con la fuerza de una visión; la suspensión temporal se conecta con el alejamiento entre el color y la luz, típico del Hopper maduro.  El mismo dijo una vez: “Me interesa más la luz que el color”.  La luz no emana de los objetos pero mantiene respecto a estos una relación de alteridad.  La luz aparece, en primer lugar, como indicadora del tiempo: quizá no exista otro pintor que haya titulado en tan numerosas ocasiones sus cuadros con la simple alusión a la hora del día, y muchas veces el perentorio paso de las zonas iluminadas a las zonas en sombra parecen tener la misma función que la proyección del puntero sobre el reloj solar.

En el cuadro High Noon de 1949 (Mediodía), se pueden observar todas esas características del Hopper maduro.  En este cuadro aparece una mujer casi completamente desnuda que abre la puerta de su casa y mira hacia fuera, como esperando a alguien.  Con todo, esta situación se vuelve ambigua en un sentido psicológico y estético.  Por un lado, esta mujer es igualmente objeto de estudio pictórico sobre luces y sombras, sobre su cuerpo se continúan las líneas de sombras trazadas por la clara luz sobre la casa en formas geométricas.  Por otro, la luz es extraña: el blanco de las paredes de la casa contrasta vivamente con el fuerte color del cielo y el rojo de los cimientos y de las chimenea.  La mujer está expuesta a esta luz de una manera casi obscena, como si se encontrara en el cono de luz de un proyector.  Su bata se abre a la vista del observador y deja casi completamente libre su cuerpo, correspondiendo la caída de su ropa con la vertical del marco de la puerta y la puerta misma: esta abertura de la casa y de la ropa femenina desata en el observador asociaciones ambiguas.  Además en este cuadro se ven dos características fundamentales de la pintura del Hopper maduro: la primera, la cual predomina en toda su obra es su obsesión por retratar mujeres, las cuales siempre sugieren, además en numerosas ocasiones aparecen desnudas, lo cual ha sido interpretado en algunas ocasiones como una señal de una intimidad necesitada de protección; la segunda es los contrastes que hace entre lo civilizado y lo no civilizado, en High Noon se ve en la línea roja de la parte inferior de la casa, que la separa del campo, y además éste no tiene ningún camino que lleve a la casa, está todo en su estado natural, como si jamás lo hubiera pisado un alma humana.

Hopper tuvo que ganarse la vida, al principio de su carrera, como ilustrador de revistas y de publicidad.  Este oficio le era tan odioso que, a menudo, antes de decidirse a entrar en las agencias para pedir trabajo, daba una vuelta a la manzana.  Años después, recordará con desagrado el haber tenido que dibujar a  gente “posando o haciendo mohínes”.

Gas (Gasolina), pintado en 1940 por un Hopper famoso, ha sido interpretado por Dolores Mitchell como una polémica inversión de la lógica del anuncio publicitario: el empleado está solo y triste; ningún vehículo se detiene en la estación de servicio; el bosque que aparece al otro lado de la carretera se muestra oscuro y poco tranquilizador.  La gasolinera se diría que es como una avanzadilla que señalaría un espacio no delimitado de la civilización, espacio que ha de imponerse ante el de la naturaleza.  Además aquí se ve el logotipo de la marca “Mobilgas”, en otras obras se puede ver el de “Ford”, lo cual lo implica aún más con la publicidad y su sistema de signos.

En 1931 pintó Habitación de hotel (Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid, España) donde se entrecruzan varios de los motivos recurrentes en Hooper, el del hotel, el de la figura aislada en un interior y el del viajero. Continuó trabajando dentro de ese estilo durante toda su vida, refinándolo y perfeccionándolo, sin abandonar jamás sus principios básicos. La mayoría de las obras tienen como escenario el estado de Nueva York o Nueva Inglaterra, tanto los paisajes naturales como los urbanos son sencillos e íntimos, calles desiertas, teatros medio vacíos, estaciones de gasolina, vías de ferrocarril, hoteles. Una de sus obras más conocidas, Los halcones de la noche (1942, Instituto de Arte de Chicago), muestra un café por la noche, con unos pocos clientes que no se hablan, bajo una despiadada luz eléctrica. Aunque su obra se mantuvo al margen de las principales corrientes abstractas del siglo XX, su estilo simple y esquemático fue uno de los que influyó en la vuelta al arte figurativo posterior y en el Pop Art. Murió el 15 de mayo de 1967 en Nueva York.

La pintura de Hopper se caracteriza por disponer imágenes desoladas, en sus escenarios típicamente norteamericanos y con expresiva inmovilidad de sus personajes; que lo convirtieron en un intérprete inigualable de su cultura.

En escenarios despojados y anónimos, los personajes de Hopper existen en un extraño estatismo, plenos de narratividad. Rodrigo Fresán, un joven escritor argentino contemporáneo, lo definió alguna vez como un cuentista que pinta y admitió ser una fuerte influencia a la hora de escribir.

Sus personajes son viajeros perplejos o están atrapados en relaciones confusas, en las que una fría tensión sexual bulle bajo la superficie.

La visión de Hopper se enmarca en el paisaje americano; pequeños pueblos, suburbios, rutas abiertas con íconos de la cultura del automóvil (gasolineras y moteles), bares, medios de transporte. En estos escenarios presenta pantallazos de vidas privadas cargadas de calma desesperación, relaciones desafortunadas, alienación respecto del medio, y sentido añoranza y pérdida en el simple retrato de un faro o una playa.

Nadie retrató lo inmóvil como Hopper, nadie relató la nada como Carver y hay intentos por allí…de filmar la nada…imagino una película con personas tomadas siempre de cuerpo entero, en escenarios despojados, donde no pase absolutamente nada, una película sin un solo primer plano…sin movimientos de cámara…un delicado equilibrio de presencia, entre los seres vivos y el mundo inerte.